Venezuela, ese país que habla de socialismo
En 1992 Francis Fukuyama explicó el fin de la historia. La URSS había caído y con ella la bipolaridad; lo que quedaba, desde ese momento a la eternidad, era el mejor de los mundos posibles: el neoliberal. Hubo que esperar al primero de enero de 1994, fecha en la que México firmaba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte con EEUU y Canadá, para que surgiera la primera respuesta organizada a lo que se presentaba como inevitable. El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, con una metodología no convencional, se levantó en armas y desde la selva Lacandona puso en boca del mundo las reivindicaciones de los indígenas chiapanecos. Después vinieron Seattle, Québec, Génova, el Foro Social Mundial de Porto Alegre. Todo indicaba, sin embargo, que algunos conceptos habían quedado definitivamente desterrados del lenguaje político, que se avanzaba en un único sentido y que, más allá de reacciones desesperadas, no existía proyecto concreto que lo confrontara. Fue entonces que Venezuela, un país petrolero sin industria desarrollada ni proletariado pujante, inventó su propia “Revolución Bolivariana” que, liderada por Hugo Chávez, acaba de ganar su onceaba elección en ocho años y camina confiada desde el antiimperialismo “rumbo al Socialismo del siglo XXI”.
Ya entrada la lluviosa noche del domingo 3 de diciembre, tensa porque los resultados se posponían más de lo deseado, el Consejo Nacional Electoral (CNE) dio el primer boletín oficial que le otorgaba a Chávez un incuestionable triunfo con el 62.89 % de los votos frente al 36.85% del candidato opositor unificado, el gobernador del rico Estado petrolero del Zulia, Manuel Rosales. Minutos después, con la certeza de la victoria que lo mantendrá en el poder hasta el 2013, el presidente salió al recién inaugurado “balcón del pueblo” del Palacio de Miraflores y comenzó a cantar el himno nacional ante los suyos. “Viva Venezuela, viva el pueblo venezolano, viva la revolución socialista”, fueron sus primeras palabras.
Con la imagen de los soldados en el techo del palacio de gobierno que recordaban la vuelta al poder de Chávez luego del golpe del 11 de abril de 2002, el reelecto presidente aseguró: “Que nadie le tenga miedo al socialismo que es fundamentalmente humano; que es amor, solidaridad. Es un socialismo originario, indígena, cristiano y bolivariano. Hoy comienza esa nueva época, la vía venezolana hacia el socialismo“. La épica es una de las características del proceso, y las pintadas caraqueñas lo confirman: “Marx + Bolivar = Socialismo del siglo XXI”.
Ocurre que aquí no se habla sólo de coyunturas pragmáticas, sino que se piensa en grandes hitos históricos. Así es que se inventan conceptos que puedan explicar lo que ocurre sin corrección académica, pero con el optimismo de la voluntad a flor de piel. Prueba de esto es que casi ninguna de las ideas que Chávez lanza al ruedo están amparados por un cuerpo teórico clásico. “Le pregunté a él qué era la Alternativa Bolivariana para la América (ALBA) y sonrió para después responderme: Fidel me ha preguntado lo mismo y le dije que es una idea, un concepto”, comentó la embajadora argentina en Caracas, Alicia Castro. Estas nuevas abstracciones que todavía están indefinidas, son justamente las que mayor fortaleza le dan al proceso. Es la gente en las calles la que habla, piensa y debate en torno al capitalismo, el socialismo, el imperio y la multipolaridad dando cuerpo a esta revolución política.
En el contexto de uno de los tantos actos de campaña en el interior, entre la multitud de seguidores del por entonces candidato-presidente, Alexis se destacaba por llevar en su mano el libro de Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia. “¿Socialismo del siglo XXI? La tendencia moderna del resurgir de los pueblos”, contestaba confiado. Sus palabras resultaban demasiado sofisticadas frente a las diversas interpretaciones que por allí se le daban al tema. “Significa que tiene que haber más apoyo a la clase social, no pensar en gobiernos aislados de los barrios”, explicaba Alberto; “que todos tengamos derechos por igual, algo que los indígenas venimos practicando hace 500 años”, decía Margarita. A veces la respuesta era simplemente: “Espectacular, lo mejor. De verdad, lo mejor”
El concepto de socialismo del siglo XXI, controversial y ambiguo, es un tema instalado de debate en la sociedad venezolana y su origen es más bien reciente. En los primeros años de gobierno chavista el discurso oficial se mantenía dentro de los parámetros de la crítica al capitalismo salvaje. Es sobre todo con el golpe de Estado que la retórica toma otro rumbo, el antiimperialismo norteamericano, lo que finalmente da pie a que el 1º de mayo de 2005, después del Referéndum de agosto de 2004, Chávez anuncie que Venezuela se dirigía hacia el socialismo.
El término tiene como fuente ideológica al teórico Heinz Dietrich y a lo que se dio en llamar “el árbol de las tres raíces”: la raíz bolivariana de la igualdad y la libertad, y la visión geopolítica de integración de América latina; la raíz del histórico dirigente campesino Ezequiel Zamora, del pueblo soberano y la unidad cívico-militar, y la raíz robinsoniana de Simón Rodríguez, el sabio de la educación popular y maestro de Bolívar. Nuclea además al humanismo cristiano, las experiencias comunitarias de los pueblos indígenas, a Marx y a Artigas entre otros.
Hay quienes, como Picky, coordinador del núcleo endógeno para los jóvenes Tiuna, El Fuerte, piensan que el socialismo es lo que se está viviendo en la actualidad, pero con mejoras. “Es que el poder se redistribuya, que haya menos distancia entre nosotros y el Estado, pero sin que el Estado te chupe. De eso tratan, por ejemplo, los consejos y los bancos comunales, que es la forma como el barrio se organiza y resuelve sus propios problemas”. El fomento al cooperativismo es otro aspecto de esta democracia participativa. “Este tipo de organización es un instrumento dentro de un marco más grande, que es la economía social y solidaria, que propician la participación del pueblo para apropiarse del proceso político que estamos viviendo”, señalaba Yris Martín Márquez, directora general de Despacho de la Superintendencia Nacional de Cooperativas.
A este marco se le suman las misiones sociales, que nacen como soluciones de emergencia, pero terminan rompiendo con los parámetros de salud y educación pública, al punto de que hoy la expectativa de muchos es que se institucionalicen. Ejemplo de ello son las misiones Barrio Adentro (el programa que lleva módulos de atención médica cubana totalmente gratuita a los espacios más recónditos del país y que, según cifras oficiales, suma 220 millones de consultas), Robinson, Ribas y Sucre, que cubren los niveles inicial, bachiller y terciario y que permitieron, gracias al incentivo económico que reciben los estudiantes adultos, un avance fundamental en los niveles educativos y la declaración de la Unesco en 2005 de Venezuela, único país latinoamericano junto con Cuba, como país libre de analfabetismo.
Sin embargo, hay quienes leen que estos avances son parte de una etapa de transición: “Todavía no hemos podido romper con este Estado pesado, corrupto y burocrático, donde la jerarquía, la división del trabajo y la especialización niegan la participación directa del pueblo. Este Estado no sirve para llevar a cabo el socialismo del siglo XXI o el socialismo en el siglo XXI, que son dos formas de nombrar lo mismo”, explicaba el Alcalde Mayor de Caracas, Juan Barreto.
Para ellos, el hincapié en la industrialización y el desarrollo tecnológico incentivado desde los acuerdos comerciales con China, Rusia e Irán, la diversificación de la economía a través de la recuperación de un agro abandonado por el petróleo y la creación de infraestructura son los sostenes del socialismo venezolano.
Desde la oposición también se escuchan interpretaciones. En su cierre de campaña, Rosales intentó explicarlo: “Que todos seamos mendigos del Estado, ése es el socialismo del siglo XXI, regalar riqueza a otras naciones. Esta corriente política les hablará a los niños de violencia, castro-comunismo y enrolará a los jóvenes para prepararlos para guerras ajenas que no entendemos”.
El resultado de la elección, sin embargo, los llevó a revisar estas afirmaciones. Con el complejo desafío de continuar en su giro democrático, sin ningún espacio institucional como consecuencia del abstencionismo ni coincidencias en el plano ideológico con Miraflores, tendrá que discutir proyectos en el marco de la construcción del Socialismo mediante una nueva Asamblea Constituyente, como ya lo anunció Chávez. La gran intriga que queda por delante es ver en qué idioma se dará esta nueva relación.
Una historia de desamor
Quienes fueron testigos del golpe reconocían el saludo. Eran Rosales y Pedro Carmona (o “Carmona, el breve”, como le dicen los chavistas), el presidente de facto durante la destitución militar de Chávez. Lo novedoso en la imagen era, sin embargo, el dibujo de una figura negra con cuernos y la frase “el diablo los une”, en referencia a la forma en que llamó Chávez a su homólogo estadounidense en la ONU.
Este afiche, que invadió la ciudad de Caracas y el interior de Venezuela en el contexto de la campaña, fue parte de los mensajes que intentaron retrotraer a la sociedad venezolana al historial político antidemocrático de una oposición que no supo cómo frenar el avance de este proceso revolucionario.
Pero esta relación antagónica entre gobierno y oposición no fue siempre así. En 1999, con el inicio del primer mandato, la retórica nacionalista del presidente contra el capitalismo salvaje no había producido fuertes reacciones. Se especulaba que la proclamada muerte de la IV República - como es conocido el bipartidismo del socialdemócrata Acción Democrática y del socialcristiano COPEI que gobernó el país desde la caída en 1958 del dictador Marcos Pérez Jiménez - era sólo un disfraz. Incluso la Reforma Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela fue leída como un cambio en los marcos de interpretación, algo que caracterizaban como simbólico. Es la etapa en la que Chávez se autodenomina “El ingenuo”.
Es recién con las polémicas leyes habilitantes de fines de 2001 –entre las que se destacan la Ley de Tierras contra el latifundio, la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Pesca- que comienza la confrontación. Con ella, por primera vez después de muchos años, se pasaba a afectar intereses concretos. La ofensiva fue determinante. La falta de legitimidad de esta oposición por sus vínculos con la “vieja política”, los llevó a adoptar medidas radicales.
Las dos principales fueron el golpe de Estado de abril del 2002 y el paro petrolero de diciembre de 2002 a febrero de 2003, promovido desde la organización empresarial Fedecámeras, la directiva y trabajadores de la antigua nómina mayor de la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa), y la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), que presionó la renuncia de Chávez desabasteciendo al país por 63 días de alimentos básicos de la canasta familiar y de recursos energéticos. Como señalaba Manuel Cova, secretario general de la CTV: “Debemos aceptar que el chavismo llegó para quedarse como consecuencia de muchos errores del pasado”.
En ambos casos el rol de los medios masivos de comunicación fue fundamental. Como actores decisivos de la polarización del país, esta vez actuaron como voceros de estos sectores con herramientas como el silenciamiento de información, la parcialidad y la permanente editorialización. Prueba de ello son los diarios El Nacional del 11 de abril y El Universal del 12, cuyos titulares, según el libro “Los documentos del Golpe”, de la Fundación Defensoría del Pueblo, fueron: “La batalla final será en Miraflores” y “¡Se acabó!”.
Paradójicamente, estos dos hechos determinaron las ideas del imaginario popular sobre la oposición, permitiendo así al bolivarianismo fortalecer su hegemonía. Chávez, estratega militar, logró después del golpe y gracias a la influencia probada de la gestión Bush, darle comienzo a su retórica antiimperialista. Asimismo, el paro fue la excusa que necesitaba para recuperar a la estatal PDVSA de la cúpula burocrática paraestatal que la manejaba según sus beneficios.
Frustrados ambos intentos, la oposición se rearmó para en el 2004 impulsar el Referéndum Revocatorio Presidencial del que Chávez salió nuevamente fortalecido con un 59 % de los votos. Allí comenzó la definitiva ofensiva gubernamental, que hasta ese momento había vivido en jaque. El dilema de la oposición, entonces, pasó a ser el más básico de todos: presentarse o abstenerse, ser o no ser. La opción por la segunda en las legislativas del 2005, que llevó a que el chavismo tenga actualmente el control absoluto en la Asamblea Nacional, había, sin embargo, inclinado la balanza de cara a las recientes elecciones hacia la iniciativa participativa. Julio Borges presidente de Primero Justicia y candidato a vicepresidente de Rosales, confesaba: “Nosotros nos dimos cuenta de que a Chávez no hay que sacarlo de Miraflores, sino del corazón de la gente”.
Resuelta esta primera disyuntiva, aún debía saldarse el tema de la unidad. Cuando aún no estaba resuelta la candidatura única de Rosales, Teodoro Petkoff, ex guerrillero y fundador del partido de izquierda Movimiento al Socialismo, resumía las razones de una posible nueva alianza electoral en estas palabras: “Es lo que hay. Desde los frentes populares antifascistas ¿a quién le sorprende que la derecha y la izquierda se unan?”. Lo que hay significa un conglomerado que va desde partidos de doctrina demócrata cristiana como COPEI hasta partidos de tendencia marxista-leninista, como es el caso de Bandera Roja. En el medio, escondidos y no tanto, están todos aquellos participantes del golpe y el paro como lo son el mismo Rosales, la CTV, Fedecámeras y organizaciones no gubernamentales como Súmate, una de las voces más acusadoras del gobierno que está investigada por recibir fondos de los Estados Unidos para su financiamiento.
Esta unión “pegada con chicle” como la definían al comienzo de su postulación, logró sin embargo obtener el apoyo de 4.196.329 millones de venezolanos sobre un total de 16 que estaban habilitados para votar. “La oposición, desde el momento que decidió unificarse e ir con la candidatura única de Rosales, se ha ido fortaleciendo. Haber reconocido el resultado electoral les permitirá construir un piso desde el cual armar un contrapeso que resulta muy importante para el país. Desde el principio, el bolivarianismo no ha tenido ninguna contraparte y eso permitió que el gobierno haga mucho hincapié en una democracia social aun a costa de subvalorar la democracia política”, comentaba Margarita López Maya, doctora en Ciencias sociales y profesora de la Universidad Central de Venezuela. Y agregaba “Rosales no es una opción para los sectores populares porque sigue representando viejos intereses, todavía tiene un pie en el pasado. Pero puede ser un líder de transición, que permita crear las bases para un espacio donde puedan surgir otros”.
La campaña
Primeros minutos del sábado, Caracas. Los rumores eran que el cierre de campaña de Rosales comenzaría con fuegos artificiales y explosiones a las doce en punto. En ese momento, el hit del reggeaton Atrévete-te-te de Calle 13, sobre el que inspiró su consigna, comenzó a sonar en Rajatabla, uno de los bares más concurridos de la capital venezolana. La respuesta fue primero de desconcierto, gente mirando la hora en sus celulares para ver si realmente era o no una coincidencia y, finalmente, la respuesta: “Uh, Ah, Chávez no se va!”.
Esta imagen fue una de las tantas formas en que se expresó la polarización venezolana durante la campaña electoral. La consolidación del sector opositor mediante una alternativa programática había logrado que, por primera vez en los últimos ocho años, se plantearan dos caminos, dos modelos. Y se notaba. Así es como en este país tan marcado en su vida cotidiana por el acontecer político, todo comenzó a establecerse dentro de un marco de dicotomías: el color rojo de Chávez contra el azul de los seguidores de Rosales, la consigna “diez millones por el buche” contra “por 26 millones de venezolanos”, “rumbo al socialismo del siglo XXI” versus “otro camino mejor es posible”.
La diferencia entre ambos, sin embargo, estaba marcada por un rasgo fundamental: el convencimiento. Los seguidores del indiscutible liderazgo carismático de Chávez, que genera según sus propias palabras “más que amor, frenesí”, se sienten partícipes de la “Revolución Bolivariana”, de un proceso que ellos consideran de profunda transformación nacional y que ha cambiado sus vidas. Por 15 mil bolívares (6 dólares) compran en los puestos callejeros remeras con la cara de su presidente: Chávez de perfil con la boina roja que usó en el mítico golpe de Estado de 1992, Chávez jugando al béisbol, Chávez en el cuerpo de la estatua de la libertad y en contra del imperialismo norteamericano. En estos últimos tiempos de campaña, los souvenirs revolucionarios se multiplicaron. Ahora hay llaveros, banderas, bufandas, toallas y hasta muñecos del presidente que, de civil y militar, cantan el himno nacional y repiten históricos discursos.
Rosales, en cambio, unificaba en su candidatura a todo el espectro opositor que se encolumna detrás del no-Chávez, detrás del gran odio que generan también las grandes pasiones. Es por eso que la heterogeneidad del conglomerado opositor tornaba compleja la formulación de políticas por la positiva. Además del respeto incondicional a la propiedad privada, una “democracia social” de tinte expresamente liberal, la creación de condiciones para las inversiones extranjeras y la tarjeta de débito “Mi Negra”, que ofrecía entre 600.000 y un millón de bolívares (entre 900 y 1500 pesos) “a más de 2.500.000 familias de la clase media empobrecida y sectores populares”, su construcción se centraba en la confrontación directa con Miraflores para así conseguir el apoyo de las capas medias y altas. Se enfurecían con el socialismo del siglo XXI, se oponía a la “regaladera” (como ellos llaman a la diplomacia internacional mediante la cual el gobierno intercambia con sus vecinos petróleo por servicios o productos con un alto contenido político), rechazaban la falta de división de poderes y denunciaban el carácter autoritario del presidente.
Los cierres de campaña fueron sin duda reflejo de esta diferencia. José Campos, con su remera azul firmada por la “cruzada anticomunista de Venezuela” y un cartel que ilustraba a Fidel Castro de la mano de un niño bajo el lema “Ahora la revolución viene por tus hijos”, nos explicaba las razones de su apoyo al candidato opositor: “Rosales nos ofrece salir del comunismo de Chávez que ya no existe”. En contraposición, al dia siguiente dos millones de personas, según fuentes oficiales, inundaron Caracas vestidos de rojo-rojito, con los puños en alto, y respondiendo al grito de “Hasta la victoria siempre. Patria o muerte. Venceremos”.
Este apoyo es consecuencia de la hegemonía que el gobierno supo construir en todos los campos: el militar, el institucional y el popular, cimentado a fuerza de omnipresencia, misiones sociales y una liturgia revolucionaria. Pero no se queda sólo en el plano simbólico, esta sensación se fundamenta también en los números macroeconómicos y sociales del país: el crecimiento del PBI en 12 trimestres consecutivos y que alcanzó en el 2005 el 9,3 por ciento, el auge de la actividad no petrolera del 11,7, el aumento del salario mínimo a 512.350 bolívares (unos 210 dólares), la baja en el desempleo a 8.9, la disminución a 39.7 de las personas pobres en relación al 61 del 2003 después del lock out patronal y la inversión programada para el 2007 del 44% del presupuesto nacional a las más de veinte misiones sociales en todo el país.
A pesar de que muchos alegan que estas posibilidades se deben al fabuloso ingreso de dinero por el aumento de los precios del petróleo, los chavistas están convencidos de que esta situación es mérito de su iniciativa en la OPEP que busca frenar la oferta para que suba la demanda. Aun así, hay todavía deudas pendientes, y la gente lo sabe. Entre ellos se encuentran el crecimiento de la inflación por el aumento de la demanda que la industria local no puede satisfacer, la creciente burocracia, la corrupción, la política todavía insatisfactoria en materia de construcción de viviendas y el 45,2 por ciento de los trabajadores que se desempeña en el sector informal.
Asimismo para muchos, todavía hace falta trabajar en la institucionalización de estos cambios, y en la creación de una estructura que no dependa del liderazgo carismático de Chávez. “O inventamos o erramos” decía Simón Rodríguez. En Venezuela sin duda algo se está inventando, hay que esperar por los frutos de esta construcción de un socialismo autóctono y latinoamericano que avanza si formulas ni recetarios. Tiempo al tiempo.
La revolución internacionalista
Ante la pregunta sobre el socialismo en un solo país el Ministro de Integración y comercio exterior, Gustavo Márquez señalaba: “Venezuela sola jamás va a logar plena soberanía. No puede desarrollarse un modelo socialista de manera aislada”. Justamente por esta visión internacionalista, es que el gobierno bolivariano mantiene un interés fuerte en el mapa grande.
Durante los últimos años, con decisiones tácticas, visión geopolítica y muchos petrodólares, Chávez ha hecho todo lo que estuvo a su alcance para encabezar un proyecto que rompa con la unipolaridad estadounidense. Su estrategia se basa en dos pilares fundamentales: entretejer alianzas con proyectos tan disímiles como los que avanzan en Rusia, China, Irán, Líbano, Vietnam y algunos países del África - lo cual le significa un blanco de críticas y una intencional cercanía a lo que Washington denomina “el eje del mal”- al mismo tiempo que alienta la integración sudamericana.
Con aciertos como el apoyo a Evo Morales en Bolivia, una cruda retórica antiimperialista y la guía infalible que encontró en Fidel Castro, fue construyendo una imagen en la región que logró conquistar a las izquierdas locales. Chávez ve aquí, por su afinidad ideológica y la vieja idea bolivariana de “La gran Colombia”, un punto de despegue hacia el mundo. Es por eso que, después de romper con la Comunidad Andina de Naciones luego de que Colombia y Perú firmaran los TLC, apostó muy fuerte al MERCOSUR, aun a sabiendas de que “todavía es neoliberal”. Según Márquez, “la idea es que como las estructuras siguen siendo viejas, se debe fomentar la dinámica de integración no sólo de los Estados sino de los pueblos, de los movimientos sociales”.
La lección peruana, donde su incidencia en las presidenciales no sólo no ayudó a Ollanta Humala sino que fortaleció a su rival, Alan García, creando así la primera ruptura del año de esta nueva tendencia de centro izquierda con aspiraciones hegemónicas; lo llevó a cambiar de estrategia en Ecuador. Optó por el silencio y hoy el triunfo de Rafael Correa fortalecería su liderazgo regional al agregar a Quito al ya famoso eje del ALBA La Habana –Caracas– La Paz.
El panorama que se abre con su reelección abrumadora es la consolidación de este bloque con una dinámica más avanzada para que finalmente presione al MERCOSUR y “los dos se orienten a converger en un solo proceso”. Sin embargo, la alianza con Brasil y Argentina, que como históricas fuerzas hegemónicas del subcontinente son fundamentales para la consolidación de una integración menos susceptible en términos económicos, presenta dificultades por los grados de radicalidad política de cada proceso y por las ambiciones de liderazgo.
Mientras tanto, estas grandes aspiraciones en el marco internacional que incluyen las inversiones en forma de ayuda exterior a los países subdesarrollados, (llamada peyorativamente “petrodiplomacia” o “regaladera”) le pesan muchas veces sobre su construcción a nivel interno. Un taxista comentaba al respecto: “Eso no le gusta a nadie”. No notó que, justo en ese momento, un cartel le respondía: “Somos antiimperialistas por solidaridad con el mundo”.
Para el semanario italiano "Il Diario", Diciembre de 2006
Ya entrada la lluviosa noche del domingo 3 de diciembre, tensa porque los resultados se posponían más de lo deseado, el Consejo Nacional Electoral (CNE) dio el primer boletín oficial que le otorgaba a Chávez un incuestionable triunfo con el 62.89 % de los votos frente al 36.85% del candidato opositor unificado, el gobernador del rico Estado petrolero del Zulia, Manuel Rosales. Minutos después, con la certeza de la victoria que lo mantendrá en el poder hasta el 2013, el presidente salió al recién inaugurado “balcón del pueblo” del Palacio de Miraflores y comenzó a cantar el himno nacional ante los suyos. “Viva Venezuela, viva el pueblo venezolano, viva la revolución socialista”, fueron sus primeras palabras.
Con la imagen de los soldados en el techo del palacio de gobierno que recordaban la vuelta al poder de Chávez luego del golpe del 11 de abril de 2002, el reelecto presidente aseguró: “Que nadie le tenga miedo al socialismo que es fundamentalmente humano; que es amor, solidaridad. Es un socialismo originario, indígena, cristiano y bolivariano. Hoy comienza esa nueva época, la vía venezolana hacia el socialismo“. La épica es una de las características del proceso, y las pintadas caraqueñas lo confirman: “Marx + Bolivar = Socialismo del siglo XXI”.
Ocurre que aquí no se habla sólo de coyunturas pragmáticas, sino que se piensa en grandes hitos históricos. Así es que se inventan conceptos que puedan explicar lo que ocurre sin corrección académica, pero con el optimismo de la voluntad a flor de piel. Prueba de esto es que casi ninguna de las ideas que Chávez lanza al ruedo están amparados por un cuerpo teórico clásico. “Le pregunté a él qué era la Alternativa Bolivariana para la América (ALBA) y sonrió para después responderme: Fidel me ha preguntado lo mismo y le dije que es una idea, un concepto”, comentó la embajadora argentina en Caracas, Alicia Castro. Estas nuevas abstracciones que todavía están indefinidas, son justamente las que mayor fortaleza le dan al proceso. Es la gente en las calles la que habla, piensa y debate en torno al capitalismo, el socialismo, el imperio y la multipolaridad dando cuerpo a esta revolución política.
En el contexto de uno de los tantos actos de campaña en el interior, entre la multitud de seguidores del por entonces candidato-presidente, Alexis se destacaba por llevar en su mano el libro de Noam Chomsky, Hegemonía o supervivencia. “¿Socialismo del siglo XXI? La tendencia moderna del resurgir de los pueblos”, contestaba confiado. Sus palabras resultaban demasiado sofisticadas frente a las diversas interpretaciones que por allí se le daban al tema. “Significa que tiene que haber más apoyo a la clase social, no pensar en gobiernos aislados de los barrios”, explicaba Alberto; “que todos tengamos derechos por igual, algo que los indígenas venimos practicando hace 500 años”, decía Margarita. A veces la respuesta era simplemente: “Espectacular, lo mejor. De verdad, lo mejor”
El concepto de socialismo del siglo XXI, controversial y ambiguo, es un tema instalado de debate en la sociedad venezolana y su origen es más bien reciente. En los primeros años de gobierno chavista el discurso oficial se mantenía dentro de los parámetros de la crítica al capitalismo salvaje. Es sobre todo con el golpe de Estado que la retórica toma otro rumbo, el antiimperialismo norteamericano, lo que finalmente da pie a que el 1º de mayo de 2005, después del Referéndum de agosto de 2004, Chávez anuncie que Venezuela se dirigía hacia el socialismo.
El término tiene como fuente ideológica al teórico Heinz Dietrich y a lo que se dio en llamar “el árbol de las tres raíces”: la raíz bolivariana de la igualdad y la libertad, y la visión geopolítica de integración de América latina; la raíz del histórico dirigente campesino Ezequiel Zamora, del pueblo soberano y la unidad cívico-militar, y la raíz robinsoniana de Simón Rodríguez, el sabio de la educación popular y maestro de Bolívar. Nuclea además al humanismo cristiano, las experiencias comunitarias de los pueblos indígenas, a Marx y a Artigas entre otros.
Hay quienes, como Picky, coordinador del núcleo endógeno para los jóvenes Tiuna, El Fuerte, piensan que el socialismo es lo que se está viviendo en la actualidad, pero con mejoras. “Es que el poder se redistribuya, que haya menos distancia entre nosotros y el Estado, pero sin que el Estado te chupe. De eso tratan, por ejemplo, los consejos y los bancos comunales, que es la forma como el barrio se organiza y resuelve sus propios problemas”. El fomento al cooperativismo es otro aspecto de esta democracia participativa. “Este tipo de organización es un instrumento dentro de un marco más grande, que es la economía social y solidaria, que propician la participación del pueblo para apropiarse del proceso político que estamos viviendo”, señalaba Yris Martín Márquez, directora general de Despacho de la Superintendencia Nacional de Cooperativas.
A este marco se le suman las misiones sociales, que nacen como soluciones de emergencia, pero terminan rompiendo con los parámetros de salud y educación pública, al punto de que hoy la expectativa de muchos es que se institucionalicen. Ejemplo de ello son las misiones Barrio Adentro (el programa que lleva módulos de atención médica cubana totalmente gratuita a los espacios más recónditos del país y que, según cifras oficiales, suma 220 millones de consultas), Robinson, Ribas y Sucre, que cubren los niveles inicial, bachiller y terciario y que permitieron, gracias al incentivo económico que reciben los estudiantes adultos, un avance fundamental en los niveles educativos y la declaración de la Unesco en 2005 de Venezuela, único país latinoamericano junto con Cuba, como país libre de analfabetismo.
Sin embargo, hay quienes leen que estos avances son parte de una etapa de transición: “Todavía no hemos podido romper con este Estado pesado, corrupto y burocrático, donde la jerarquía, la división del trabajo y la especialización niegan la participación directa del pueblo. Este Estado no sirve para llevar a cabo el socialismo del siglo XXI o el socialismo en el siglo XXI, que son dos formas de nombrar lo mismo”, explicaba el Alcalde Mayor de Caracas, Juan Barreto.
Para ellos, el hincapié en la industrialización y el desarrollo tecnológico incentivado desde los acuerdos comerciales con China, Rusia e Irán, la diversificación de la economía a través de la recuperación de un agro abandonado por el petróleo y la creación de infraestructura son los sostenes del socialismo venezolano.
Desde la oposición también se escuchan interpretaciones. En su cierre de campaña, Rosales intentó explicarlo: “Que todos seamos mendigos del Estado, ése es el socialismo del siglo XXI, regalar riqueza a otras naciones. Esta corriente política les hablará a los niños de violencia, castro-comunismo y enrolará a los jóvenes para prepararlos para guerras ajenas que no entendemos”.
El resultado de la elección, sin embargo, los llevó a revisar estas afirmaciones. Con el complejo desafío de continuar en su giro democrático, sin ningún espacio institucional como consecuencia del abstencionismo ni coincidencias en el plano ideológico con Miraflores, tendrá que discutir proyectos en el marco de la construcción del Socialismo mediante una nueva Asamblea Constituyente, como ya lo anunció Chávez. La gran intriga que queda por delante es ver en qué idioma se dará esta nueva relación.
Una historia de desamor
Quienes fueron testigos del golpe reconocían el saludo. Eran Rosales y Pedro Carmona (o “Carmona, el breve”, como le dicen los chavistas), el presidente de facto durante la destitución militar de Chávez. Lo novedoso en la imagen era, sin embargo, el dibujo de una figura negra con cuernos y la frase “el diablo los une”, en referencia a la forma en que llamó Chávez a su homólogo estadounidense en la ONU.
Este afiche, que invadió la ciudad de Caracas y el interior de Venezuela en el contexto de la campaña, fue parte de los mensajes que intentaron retrotraer a la sociedad venezolana al historial político antidemocrático de una oposición que no supo cómo frenar el avance de este proceso revolucionario.
Pero esta relación antagónica entre gobierno y oposición no fue siempre así. En 1999, con el inicio del primer mandato, la retórica nacionalista del presidente contra el capitalismo salvaje no había producido fuertes reacciones. Se especulaba que la proclamada muerte de la IV República - como es conocido el bipartidismo del socialdemócrata Acción Democrática y del socialcristiano COPEI que gobernó el país desde la caída en 1958 del dictador Marcos Pérez Jiménez - era sólo un disfraz. Incluso la Reforma Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela fue leída como un cambio en los marcos de interpretación, algo que caracterizaban como simbólico. Es la etapa en la que Chávez se autodenomina “El ingenuo”.
Es recién con las polémicas leyes habilitantes de fines de 2001 –entre las que se destacan la Ley de Tierras contra el latifundio, la Ley de Hidrocarburos y la Ley de Pesca- que comienza la confrontación. Con ella, por primera vez después de muchos años, se pasaba a afectar intereses concretos. La ofensiva fue determinante. La falta de legitimidad de esta oposición por sus vínculos con la “vieja política”, los llevó a adoptar medidas radicales.
Las dos principales fueron el golpe de Estado de abril del 2002 y el paro petrolero de diciembre de 2002 a febrero de 2003, promovido desde la organización empresarial Fedecámeras, la directiva y trabajadores de la antigua nómina mayor de la estatal Petróleos de Venezuela (Pdvsa), y la Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), que presionó la renuncia de Chávez desabasteciendo al país por 63 días de alimentos básicos de la canasta familiar y de recursos energéticos. Como señalaba Manuel Cova, secretario general de la CTV: “Debemos aceptar que el chavismo llegó para quedarse como consecuencia de muchos errores del pasado”.
En ambos casos el rol de los medios masivos de comunicación fue fundamental. Como actores decisivos de la polarización del país, esta vez actuaron como voceros de estos sectores con herramientas como el silenciamiento de información, la parcialidad y la permanente editorialización. Prueba de ello son los diarios El Nacional del 11 de abril y El Universal del 12, cuyos titulares, según el libro “Los documentos del Golpe”, de la Fundación Defensoría del Pueblo, fueron: “La batalla final será en Miraflores” y “¡Se acabó!”.
Paradójicamente, estos dos hechos determinaron las ideas del imaginario popular sobre la oposición, permitiendo así al bolivarianismo fortalecer su hegemonía. Chávez, estratega militar, logró después del golpe y gracias a la influencia probada de la gestión Bush, darle comienzo a su retórica antiimperialista. Asimismo, el paro fue la excusa que necesitaba para recuperar a la estatal PDVSA de la cúpula burocrática paraestatal que la manejaba según sus beneficios.
Frustrados ambos intentos, la oposición se rearmó para en el 2004 impulsar el Referéndum Revocatorio Presidencial del que Chávez salió nuevamente fortalecido con un 59 % de los votos. Allí comenzó la definitiva ofensiva gubernamental, que hasta ese momento había vivido en jaque. El dilema de la oposición, entonces, pasó a ser el más básico de todos: presentarse o abstenerse, ser o no ser. La opción por la segunda en las legislativas del 2005, que llevó a que el chavismo tenga actualmente el control absoluto en la Asamblea Nacional, había, sin embargo, inclinado la balanza de cara a las recientes elecciones hacia la iniciativa participativa. Julio Borges presidente de Primero Justicia y candidato a vicepresidente de Rosales, confesaba: “Nosotros nos dimos cuenta de que a Chávez no hay que sacarlo de Miraflores, sino del corazón de la gente”.
Resuelta esta primera disyuntiva, aún debía saldarse el tema de la unidad. Cuando aún no estaba resuelta la candidatura única de Rosales, Teodoro Petkoff, ex guerrillero y fundador del partido de izquierda Movimiento al Socialismo, resumía las razones de una posible nueva alianza electoral en estas palabras: “Es lo que hay. Desde los frentes populares antifascistas ¿a quién le sorprende que la derecha y la izquierda se unan?”. Lo que hay significa un conglomerado que va desde partidos de doctrina demócrata cristiana como COPEI hasta partidos de tendencia marxista-leninista, como es el caso de Bandera Roja. En el medio, escondidos y no tanto, están todos aquellos participantes del golpe y el paro como lo son el mismo Rosales, la CTV, Fedecámeras y organizaciones no gubernamentales como Súmate, una de las voces más acusadoras del gobierno que está investigada por recibir fondos de los Estados Unidos para su financiamiento.
Esta unión “pegada con chicle” como la definían al comienzo de su postulación, logró sin embargo obtener el apoyo de 4.196.329 millones de venezolanos sobre un total de 16 que estaban habilitados para votar. “La oposición, desde el momento que decidió unificarse e ir con la candidatura única de Rosales, se ha ido fortaleciendo. Haber reconocido el resultado electoral les permitirá construir un piso desde el cual armar un contrapeso que resulta muy importante para el país. Desde el principio, el bolivarianismo no ha tenido ninguna contraparte y eso permitió que el gobierno haga mucho hincapié en una democracia social aun a costa de subvalorar la democracia política”, comentaba Margarita López Maya, doctora en Ciencias sociales y profesora de la Universidad Central de Venezuela. Y agregaba “Rosales no es una opción para los sectores populares porque sigue representando viejos intereses, todavía tiene un pie en el pasado. Pero puede ser un líder de transición, que permita crear las bases para un espacio donde puedan surgir otros”.
La campaña
Primeros minutos del sábado, Caracas. Los rumores eran que el cierre de campaña de Rosales comenzaría con fuegos artificiales y explosiones a las doce en punto. En ese momento, el hit del reggeaton Atrévete-te-te de Calle 13, sobre el que inspiró su consigna, comenzó a sonar en Rajatabla, uno de los bares más concurridos de la capital venezolana. La respuesta fue primero de desconcierto, gente mirando la hora en sus celulares para ver si realmente era o no una coincidencia y, finalmente, la respuesta: “Uh, Ah, Chávez no se va!”.
Esta imagen fue una de las tantas formas en que se expresó la polarización venezolana durante la campaña electoral. La consolidación del sector opositor mediante una alternativa programática había logrado que, por primera vez en los últimos ocho años, se plantearan dos caminos, dos modelos. Y se notaba. Así es como en este país tan marcado en su vida cotidiana por el acontecer político, todo comenzó a establecerse dentro de un marco de dicotomías: el color rojo de Chávez contra el azul de los seguidores de Rosales, la consigna “diez millones por el buche” contra “por 26 millones de venezolanos”, “rumbo al socialismo del siglo XXI” versus “otro camino mejor es posible”.
La diferencia entre ambos, sin embargo, estaba marcada por un rasgo fundamental: el convencimiento. Los seguidores del indiscutible liderazgo carismático de Chávez, que genera según sus propias palabras “más que amor, frenesí”, se sienten partícipes de la “Revolución Bolivariana”, de un proceso que ellos consideran de profunda transformación nacional y que ha cambiado sus vidas. Por 15 mil bolívares (6 dólares) compran en los puestos callejeros remeras con la cara de su presidente: Chávez de perfil con la boina roja que usó en el mítico golpe de Estado de 1992, Chávez jugando al béisbol, Chávez en el cuerpo de la estatua de la libertad y en contra del imperialismo norteamericano. En estos últimos tiempos de campaña, los souvenirs revolucionarios se multiplicaron. Ahora hay llaveros, banderas, bufandas, toallas y hasta muñecos del presidente que, de civil y militar, cantan el himno nacional y repiten históricos discursos.
Rosales, en cambio, unificaba en su candidatura a todo el espectro opositor que se encolumna detrás del no-Chávez, detrás del gran odio que generan también las grandes pasiones. Es por eso que la heterogeneidad del conglomerado opositor tornaba compleja la formulación de políticas por la positiva. Además del respeto incondicional a la propiedad privada, una “democracia social” de tinte expresamente liberal, la creación de condiciones para las inversiones extranjeras y la tarjeta de débito “Mi Negra”, que ofrecía entre 600.000 y un millón de bolívares (entre 900 y 1500 pesos) “a más de 2.500.000 familias de la clase media empobrecida y sectores populares”, su construcción se centraba en la confrontación directa con Miraflores para así conseguir el apoyo de las capas medias y altas. Se enfurecían con el socialismo del siglo XXI, se oponía a la “regaladera” (como ellos llaman a la diplomacia internacional mediante la cual el gobierno intercambia con sus vecinos petróleo por servicios o productos con un alto contenido político), rechazaban la falta de división de poderes y denunciaban el carácter autoritario del presidente.
Los cierres de campaña fueron sin duda reflejo de esta diferencia. José Campos, con su remera azul firmada por la “cruzada anticomunista de Venezuela” y un cartel que ilustraba a Fidel Castro de la mano de un niño bajo el lema “Ahora la revolución viene por tus hijos”, nos explicaba las razones de su apoyo al candidato opositor: “Rosales nos ofrece salir del comunismo de Chávez que ya no existe”. En contraposición, al dia siguiente dos millones de personas, según fuentes oficiales, inundaron Caracas vestidos de rojo-rojito, con los puños en alto, y respondiendo al grito de “Hasta la victoria siempre. Patria o muerte. Venceremos”.
Este apoyo es consecuencia de la hegemonía que el gobierno supo construir en todos los campos: el militar, el institucional y el popular, cimentado a fuerza de omnipresencia, misiones sociales y una liturgia revolucionaria. Pero no se queda sólo en el plano simbólico, esta sensación se fundamenta también en los números macroeconómicos y sociales del país: el crecimiento del PBI en 12 trimestres consecutivos y que alcanzó en el 2005 el 9,3 por ciento, el auge de la actividad no petrolera del 11,7, el aumento del salario mínimo a 512.350 bolívares (unos 210 dólares), la baja en el desempleo a 8.9, la disminución a 39.7 de las personas pobres en relación al 61 del 2003 después del lock out patronal y la inversión programada para el 2007 del 44% del presupuesto nacional a las más de veinte misiones sociales en todo el país.
A pesar de que muchos alegan que estas posibilidades se deben al fabuloso ingreso de dinero por el aumento de los precios del petróleo, los chavistas están convencidos de que esta situación es mérito de su iniciativa en la OPEP que busca frenar la oferta para que suba la demanda. Aun así, hay todavía deudas pendientes, y la gente lo sabe. Entre ellos se encuentran el crecimiento de la inflación por el aumento de la demanda que la industria local no puede satisfacer, la creciente burocracia, la corrupción, la política todavía insatisfactoria en materia de construcción de viviendas y el 45,2 por ciento de los trabajadores que se desempeña en el sector informal.
Asimismo para muchos, todavía hace falta trabajar en la institucionalización de estos cambios, y en la creación de una estructura que no dependa del liderazgo carismático de Chávez. “O inventamos o erramos” decía Simón Rodríguez. En Venezuela sin duda algo se está inventando, hay que esperar por los frutos de esta construcción de un socialismo autóctono y latinoamericano que avanza si formulas ni recetarios. Tiempo al tiempo.
La revolución internacionalista
Ante la pregunta sobre el socialismo en un solo país el Ministro de Integración y comercio exterior, Gustavo Márquez señalaba: “Venezuela sola jamás va a logar plena soberanía. No puede desarrollarse un modelo socialista de manera aislada”. Justamente por esta visión internacionalista, es que el gobierno bolivariano mantiene un interés fuerte en el mapa grande.
Durante los últimos años, con decisiones tácticas, visión geopolítica y muchos petrodólares, Chávez ha hecho todo lo que estuvo a su alcance para encabezar un proyecto que rompa con la unipolaridad estadounidense. Su estrategia se basa en dos pilares fundamentales: entretejer alianzas con proyectos tan disímiles como los que avanzan en Rusia, China, Irán, Líbano, Vietnam y algunos países del África - lo cual le significa un blanco de críticas y una intencional cercanía a lo que Washington denomina “el eje del mal”- al mismo tiempo que alienta la integración sudamericana.
Con aciertos como el apoyo a Evo Morales en Bolivia, una cruda retórica antiimperialista y la guía infalible que encontró en Fidel Castro, fue construyendo una imagen en la región que logró conquistar a las izquierdas locales. Chávez ve aquí, por su afinidad ideológica y la vieja idea bolivariana de “La gran Colombia”, un punto de despegue hacia el mundo. Es por eso que, después de romper con la Comunidad Andina de Naciones luego de que Colombia y Perú firmaran los TLC, apostó muy fuerte al MERCOSUR, aun a sabiendas de que “todavía es neoliberal”. Según Márquez, “la idea es que como las estructuras siguen siendo viejas, se debe fomentar la dinámica de integración no sólo de los Estados sino de los pueblos, de los movimientos sociales”.
La lección peruana, donde su incidencia en las presidenciales no sólo no ayudó a Ollanta Humala sino que fortaleció a su rival, Alan García, creando así la primera ruptura del año de esta nueva tendencia de centro izquierda con aspiraciones hegemónicas; lo llevó a cambiar de estrategia en Ecuador. Optó por el silencio y hoy el triunfo de Rafael Correa fortalecería su liderazgo regional al agregar a Quito al ya famoso eje del ALBA La Habana –Caracas– La Paz.
El panorama que se abre con su reelección abrumadora es la consolidación de este bloque con una dinámica más avanzada para que finalmente presione al MERCOSUR y “los dos se orienten a converger en un solo proceso”. Sin embargo, la alianza con Brasil y Argentina, que como históricas fuerzas hegemónicas del subcontinente son fundamentales para la consolidación de una integración menos susceptible en términos económicos, presenta dificultades por los grados de radicalidad política de cada proceso y por las ambiciones de liderazgo.
Mientras tanto, estas grandes aspiraciones en el marco internacional que incluyen las inversiones en forma de ayuda exterior a los países subdesarrollados, (llamada peyorativamente “petrodiplomacia” o “regaladera”) le pesan muchas veces sobre su construcción a nivel interno. Un taxista comentaba al respecto: “Eso no le gusta a nadie”. No notó que, justo en ese momento, un cartel le respondía: “Somos antiimperialistas por solidaridad con el mundo”.
Para el semanario italiano "Il Diario", Diciembre de 2006

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