Saturday, September 09, 2006

Venezuela, un proceso que avanza

Tenía la tormentosa tranquilidad de la resignación y la ferocidad de quien se sabe impotente. Teodoro Petkoff, histórico referente de la izquierda venezolana, ex guerrillero, ex Partido Comunista, fundador del Movimiento al Socialismo y editor del diario Tal Cual, no hacia esfuerzos por demostrar virtudes ni capacidades. Con sus pies pesados sobre la mesa comentaba lo que en ese momento era solamente una posibilidad, la viabilidad de la alianza para las presidenciales del 3 de diciembre con el gobernador del estado petrolero y con tendencias separatistas del Zulia, Manuel Rosales, y con el líder de Primero Justicia (PJ), Julio Borges. “Es lo que hay”, se sinceraba. Sucede que el sueño de la unidad tiene sus costos. Significa, entre otras cosas, sacrificar diferencias al punto de tener que apropiarse de un historial opositor plagado de malas lecturas y decisiones: el golpe, la huelga petrolera, el abstencionismo. “Las volteretas políticas pueden ser más comprensibles cuando hay algunas cuestiones fundamentales que obligan a crear alianzas necesarias para alcanzar ciertos fines”, replicaba Petkoff. La pregunta siguiente era obvia: ¿la cuestión fundamental es tan grande como para unir golpistas, demócratas, derecha y troskismo? La respuesta sorprendió sobre todo por su procedencia, la de un acérrimo crítico al estalinismo:”Desde los frentes populares, ¿a quién le sorprende que la derecha y la izquierda se unan?” El famoso problema de los fines y los medios. Pero seamos complacientes. Supongamos que aceptamos la plaga de contradicciones internas y festejamos el entendimiento que lleva a Rosales como candidato único. Aun así, una semana bastó para demostrar que el acuerdo “estaba pegado con chicle”, como se dice por acá. El puntapié inicial vino de un sector de PJ que cuestionó a su dirigente, ahora candidato a la vicepresidencia, por tomar una opción antidemocrática al interior del partido. Y de fondo, la duda shakesperiana del ser o no ser, o su traducción en términos políticos, el presentarse o abstenerse. Todo esto, en definitiva, deja en claro la falta de proyecto y termina de impacientar a los impacientes. Dino es un ejemplo; desde su posada en Nueva Esparta, que junto al Zulia son los dos únicos Estados opositores, nos comentaba: “A mi no me gusta (Hugo) Chávez, pero ¿viste lo que es la oposición? Mejor malo conocido que bueno por conocer”. El otro son las constantes editoriales de los dos principales diarios, El Universal y El Nacional, que, como activistas indignados, publican cosas como: “Chávez todos los días reza: Dios nos guarde a esta oposición” 10 Millones por el buche Por 15 mil bolívares (18 pesos) los puestos callejeros venden remeras con la cara de su líder: Chávez de perfil con la boina roja que usó en el golpe de 1992, Chávez jugando al béisbol, Chávez en el cuerpo de la estatua de la libertad y en contra del imperialismo norteamericano. En todas la consigna mira al 3 D y arrebata: 10 millones por el buche. Las “franelas” en los pechos venezolanos son tan sólo una de las muestras de la hegemonía que este gobierno supo construir en todos los campos: el militar, el civil y el institucional. Y ante este poder, cimentado a fuerza de omnipresencia, liderazgo, Misiones sociales y una épica revolucionaria, es que las internas opositoras se muestran aun más absurdas. La figura de este líder se siente por todo el territorio venezolano; sin ir más lejos es la primera imagen que uno ve si entra al país por la conflictiva frontera colombiana. Chávez se erige por sobre todo; se brinda por él en los bares de Caracas, en los barrios – nuestras villas miserias –, se lo cita. Algunas familias lo tienen como tabú, como tema del que no se conversa, porque un amor intenso inspira también muy intensos odios. Imágenes todas que a los argentinos nos suenan conocidas. Chávez asumió el poder el 2 de febrero de 1999, y desde ese momento ganó 9 elecciones consecutivas. Es cada siete años, según sus propias palabras, que el proceso se renueva, se radicaliza; de un modelo socialdemócrata a la revolución bolivariana, de ahí al antiimperialismo y el socialismo del siglo XXI. El sueño es que el ciclo llegue al 2021, para el aniversario de la batalla de Carabobo. Pero como las cuentas no cierran ya que los mandatos duran 6 años y sólo está permitida una reelección, este afán significa una amenaza de avanzar con las reformas y no abandonar el Palacio de Miraflores para aquellos sectores que enarbolan el abstencionismo por malas condiciones electorales. Sin duda esta advertencia coloca a los principales referentes del no votar, Acción Democrática (AD) y COPEI, contra la espada y la pared: las legislativas del año pasado, que determinaron el control absoluto de la Asamblea Nacional por el oficialismo, es una muestra de cómo termina su estrategia. Pero esa no es la única amenaza de Chávez. Al parecer también se cansó de los permanentes chantajes desestabilizadores, el último de ellos, la fuga del presidente de la opositora Confederación de Trabajadores de Venezuela (CTV), Carlos Ortega, encarcelado luego del sabotaje petrolero de 2002. “Se acabó el Chávez permisivo”, declaró con firmeza en un acto de campaña después del suceso. 10 millones de votos, teniendo en cuenta que la participación en Venezuela no es obligatoria, significarían un número cercano al 75 % de apoyo al nuevo desafío. La magnitud de esta expectativa, descabellada para otros contextos políticos, tiene de fondo la intención de consolidarse a nivel interno y salir al mapamundi a expandir el Socialismo del siglo XXI. Por eso es que los congresistas declararon frente a la candidatura única que “la lucha es con el imperio, no con Rosales”. Pero la oposición, por otro lado, tiene una herramienta indispensable para legitimar a Chávez internacionalmente: darle juego democrático a una democracia a la que se la acusa de totalitarismo. Por eso es que se rumoreaba que la candidatura del Conde del Guácharo, famoso comediante de la Isla Margarita, había tenido un empujoncito de parte del gobierno. Si eso es cierto, la táctica fue correcta porque bastó que se presente el outsider para que Rosales aparezca en la tapa de los diarios. La revolución desde adentro Hace tiempo que definir el concepto revolución se ha vuelto más difícil. Más complejo teórica y políticamente, con más comas y ángulos. En ese sentido, los más radicales de esta nueva corriente de centroizquierda sudamericana, Bolivia y Venezuela, nos meten en un aprieto. Amparados por Fidel Castro, ponen sobre la mesa la idea de un nuevo modelo de revoluciones, las “Revoluciones democráticas”, que dejan por delante un desafío para la teoría y la praxis difícil de afrontar. Prueba de esto es que ninguno de los conceptos que Chávez lanza al ruedo están amparados por un cuerpo teórico: Socialismo del siglo XXI, ALBA, Revolución Bolivariana. “Le pregunté a él que era el ALBA y sonrió para después responderme: Fidel me ha preguntado lo mismo y le dije que es una idea, un concepto”, le comentó a estos corresponsales la embajadora argentina, Alicia Castro. Sin embargo, es indiscutible que en lo material la situación cambió en estos 7 años. Florecieron las Misiones sociales por todo el país y así por primera vez los pobladores de los barrios, nuestras villas miserias, comenzaron a tener asistencia médica totalmente gratuita (en Venezuela hay más de 30.000 médicos cubanos) y la posibilidad real de comenzar o terminar sus estudios. Aquí no hay industria alguna significativa salvo la petrolera; es por eso que el Ejecutivo optó por avanzar lentamente en la diversificación de la producción con un firme apoyo a las cooperativas. Al mismo tiempo que mantiene como objetivo estratégico el de alimentar al mercado interno, expropiando latifundios y repartiéndolos entre pequeños productores, inyectando dinero y aumentando los salarios mínimos a 465.000bs. (660 pesos). Aun cuando como contrapartida, estas medidas aceleran la inflación, factor que endurece, junto a la creciente inseguridad, mucho la vida cotidiana de los venezolanos. El sustento de todo esto son los altos precios del petróleo que superan los 70 dólares el barril de crudo (cuando Chávez asumió, el precio estaba en 10). Sólo así se explica que los subsidios estatales puedan hacer que el litro de nafta cueste aquí solo 15 centavos. Estas ganancias, según los críticos, son las que generan grandes redes clientelares y de corrupción en este dadivoso Estado. Asimismo se señala con impaciencia que si bien se ha redistribuido la renta petrolera con los planes sociales, resta avanzar en la redistribución total de la riqueza y en la superación de los altos índices de pobreza que aún tiene el país y de desempleo (37% y 10,2% respectivamente según los datos oficiales del 2005). En el aspecto político, desde el mismo día que asumió, Chávez pateó el tablero al romper con el sistema bipartidista manejado por AD y COPEI que gobernó Venezuela desde la caída en 1958 del dictador Marcos Pérez Jiménez. Luego, lentamente, fue creando de su persona un mito vivo y una nueva hegemonía que está marcando un quiebre histórico, como lo fue el primer peronismo en la Argentina. La solución al problema del excesivo personalismo, es paradojal. Mientras habla en tercera persona - dice cosas como “Chávez es el pueblo” - e insiste en esa relación paternal, apoya a todas las organizaciones de base, muchas de ellas creadas desde Miraflores, con dinero, infraestructura y espacios que les quita a los políticos de carrera. Para muchos, inclusive, este es el principal rasgo de la revolución, lo que llaman la democratización del poder, y que tiene como ejemplos los consejos comunales, las mesas técnicas del agua, el parlamentarismo de calle y el aumento del control social. Pero todavía esos espacios no están consolidados, mientras que sí lo está una enorme burocracia a la que se acusa por dentro y fuera del chavismo de ineficiente y corrupta. Como afirma Picky, organizador de “Tiuna el Fuerte”, uno de los pocos centros culturales juveniles que trabajan con la revolución: “Entre Chávez y nosotros está la mierda”. “Marx + Bolivar = Socialismo del siglo XXI” explican las paredes caraqueñas. Sin embargo, quizá no alcance para explicar todo un proceso que avanza y que el próximo 3 D seguramente dará otro paso hacia ese destino que, una vez más, nadie puede anticipar. Recuadro: Chávez y el mundo El 1 de enero de 1994, el mismo día que México firmaba el NAFTA con EEUU y Canadá, el Ejercito Zapatista de Liberación Nacional se levantaba en armas y tomaba San Cristóbal de las Casas; el neoliberalismo empezaba a ser cuestionado. Diez años después, con la victoria en el referéndum revocatorio de 2004, Chávez aceita el debate y da un paso adelante: revive al Socialismo – del siglo XXI – y lo reinserta en la agenda mundial. Con decisiones tácticas, visión geopolítica y muchos petrodólares, Chávez pretende encabezar un proyecto que rompa con la unipolaridad estadounidense. Es por eso que busca apoyos en su carrera hacia una plaza no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU y traza alianzas con proyectos tan disímiles como los que avanzan en Rusia, China, Irán (relación en la que influye también la OPEP), Líbano, Vietnam, África o el MERCOSUR. En América Latina su influencia es grande. Con aciertos como el apoyo sutil a Evo Morales en Bolivia, errores como la intromisión obscena a favor del cesarista Ollanta Humala en el Perú y la guía infalible que encontró en Fidel Castro, fue construyendo una imagen que logró conquistar a las izquierdas locales. Chávez ve en esta región un punto de despegue hacia el mundo, es por eso que, después de romper con la Comunidad Andina de Naciones luego de que Colombia y Perú firmaran los TLC, apostó muy fuerte al MERCOSUR. Ve allí no una integración mercantil, sino una política. Un taxista indignado nos comentaba sobre la “regaladera” de Chávez a los otros países: “Eso no le gusta a nadie”, nos decía. No notó que, justo en ese momento, un cartel le respondía: “Somos antiimperialistas por solidaridad con el mundo”. Primera quincena de septiembre, para la Revista Accion del Centro Cultural de la Cooperacion

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