Saturday, September 09, 2006

Los unos y “los otros”

En 1852 se publicó la primera edición del 18 Brumario de Carlos Marx. Este libro, aplicación del materialismo histórico para el caso francés, esconde en su prosa un gran enojo: la historia, que debía profundizar los procesos revolucionarios de 1848, había decepcionado culminando con la asunción del emperador Luis Bonaparte. América Latina hace tiempo, es noticia por la expectativa de cambio, por su nueva tendencia política que, aun no siendo homogénea, tiene como principal característica el rechazo de los viejos modelos. Pero como en Francia, el continente mostró que las tendencias nunca son unilaterales. Álvaro Uribe Vélez arrasó en las presidenciales en Colombia con un 62 %, al mismo tiempo que Alan García logró con el 52,6 en segunda vuelta asegurar su segundo mandato en el Perú.
De estos triunfos se han hecho lecturas con un denominador común: la idea de que así se consolida una línea opositora a la tendencia de gobiernos de centroizquierda, el regreso del neoliberalismo. Sin embargo, en este momento de anomia política donde las nuevas ideas no se terminan de gestar y las viejas no terminan de morir, lo que caracteriza el proceso no es la unanimidad sino las contradicciones. En este sentido es que Uribe y García tienen entre sí más diferencias que similitudes. Mientras el primero se presenta como firme aliado de Washington, García alegó no pertenecer a ningún imperialismo (ni venezolano, ni estadounidense) y al momento de su triunfo optó por distanciarse de Estados Unidos, frenar la belicosidad con Hugo Chávez y dibujar alianzas con Brasil y Chile.
De esta forma, el escenario que se plantea parece ser aún más complejo que el de la formación de dos bloques. García es un riesgo para la integración porque podría fisurar el proceso desde adentro; logrando, en su intento por establecer alianzas con los “socialismos modernos” y moderados, que los matices le ganen a las generalidades. Así lo que se reconoce como un bloque ambiguo hegemonizado por Caracas, donde se embarcan La Habana y La Paz ; forzados, Brasilia, Montevideo y Buenos Aires y de rebote Santiago, puede dejar de serlo para convertirse cada país en ejemplo de una gama abierta de radicalidades y moderaciones políticas. Colombia, en este sentido, no sería más que uno de los dos extremos.
Ya antes de asumir, García no ahorró en gestos. Su viaje a Brasil, sus declaraciones sobre un posible tratado de libre comercio con este país y sus elogios al “ejemplo estupendo de inteligencia política, de convocatoria al capital externo y de Estado activo” que constituye el modelo chileno, dan cuenta de sus posibles alianzas. Muestra, además, que su prototipo de Estado se asocia a ejemplos de salidas frágiles al neoliberalismo, y sobre todo, con falencias muy serias en lo que a política social responde. Y Perú no está para esperar el cuento del derrame cuando a pesar del crecimiento sostenido del PBI en los últimos cinco años sólo se ha reducido la pobreza en un 5%, la distribución de la riqueza muestra cómo el primer decil de la sociedad acumula el 40%, y la desocupación alcanza el 9.6 %.
Distinta, sin embargo, fue su posición para con Bolivia y Venezuela. Aunque matizó el enfrentamiento que tuvo con Chávez a raíz de su incidencia en la contienda electoral y en el apoyo al candidato nacionalista Ollanta Humala, esto no significa que ahora sean amigos. La denuncia de que la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia fue una estrategia monopolizada por el chavismo para neutralizar a Brasil y Argentina, es ejemplo de ello. Aun así asegura no tener la intención de liderar un eje anticaracas; “El loco no voy a ser yo”, dijo en una conversación con Andrés Oppenheimer. Para con la Argentina las cartas no están puestas sobre la mesa. Kirchner por su parte, tal vez olvidando un poco las pintadas peronistas de los ochenta y recordando otro poco los lazos que éste tiene con la UCR , decidió optar como herramienta diplomática la carta y no el llamado.
Este panorama de alianzas marca inclinaciones, que se acentúan con la decisión de mantener relaciones “frescas” con Colombia, país que lo asiló en 1992. García, en confraternidad con Uribe, se niega a participar de lo define como una estrategia de dominio, financiada con las rentas petroleras, “para rodear a Colombia con repúblicas chavistas”.
El presidente colombiano, por su parte, se mantiene al margen de este encierro mientras reafirma su hegemonía interna. Una hegemonía que se consolida cada vez más y que se explica por su política de “seguridad democrática” y de reactivación económica. Su método de mano dura con la guerrilla y de negociación con los "paras" - la cual implica una omnipresencia militar por el aumentó de las Fuerzas Publicas en un 30 %, un presupuesto de 6.900 millones de dólares para el 2006 y una incidencia del gobierno de EEUU mediante el Plan Colombia - lo llevó a obtener fuertes resultados en la baja de los delitos de alto impacto. Y sobre todo un consenso en una opinión pública que cree menguado el conflicto y siente que puede volver a viajar por las rutas de su país. Si a esto se le suma un crecimiento del PBI en un 5,13%, el control de la inflación y la disminución a un 11% de la desocupación, la pregunta sobre su popularidad parece saldada.
Sin embargo, más allá de los resultados del “buen gerente”, Uribe tiene un techo. Paradójicamente las razones de su éxito son las que no le permiten prosperar más allá de las fronteras nacionales y exponerse como el representante regional que Washington espera. ¿Puede serlo entonces García?, Aunque quisiera no puede, él también está flaqueado por una serie de condicionamientos a nivel nacional. El más fundamental es sin duda su minoría en la Cámara legislativa (sólo tiene 36 representantes en el Congreso de 120 bancas); lo cual lo forzará a establecer alianzas que lo corran hacia la izquierda o la derecha, dependiendo si se realizan con el cesarista Humala o con la derecha citadina de Unidad Nacional. Sus coincidencias con los últimos se basan en la reafirmación del modelo de desarrollo de Toledo, de la apertura económica y atracción de capitales, así como también por la firma, aunque con revisiones, del TLC.
Pero aunque él alega no ser el radical que en los años ochenta nacionalizó la banca, declaró el no pago de la deuda externa y levantó la bandera panameña cuando la invasión norteamericana a ese país, García sabe que no puede traicionar por completo a sus bases de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), hoy un partido socialdemócrata de derecha pero con tradición antiimperialista.
En este sentido, las decisiones futuras de Humala, quien luego de su derrota llamó a formar un "Frente Nacionalista Democrático y Popular", son determinantes. Si canaliza el 47,3% que obtuvo, tiene en sus manos la posibilidad de conducir un bloque de oposición que la izquierda no puede acaparar por su poco arraigo en la sociedad. Sin embargo, como antes de la elección, Humala desconcierta con sus declaraciones contradictorias, los inicios de rupturas internas y las indefiniciones ideológicas; lo cual hace dudar sobre la capacidad de consolidar un proyecto no marcado por oportunismos electoralistas.
Lo cierto es que el panorama se vuelve más confuso, y todavía falta esperar las elecciones presidenciales en Venezuela, Brasil, México y Ecuador para empezar a delinear nuevas ideas. Con los futuros resultados, sobre todo de los dos últimos que son menos predecibles, el continente seguirá siendo noticia. En Ecuador, las definiciones son importantes por su rol de intermedio en la convulsionada CAN, y porque, de elegirse el candidato de centroizquierda León Roldós, se podría concretar un acercamiento a Brasilia, Santiago y Lima. De lo contrario, la llegada al poder del ex ministro de economía Rafael Correa implicaría una alianza con Venezuela que dejaría en jaque a Perú y presionaría aún más a Colombia. En todo este embrollo, México, gracias a su magnitud política y económica, juega fuerte. Una victoria en julio de Manuel López Obrador sería un guiño a las centro-izquierdas regionales (a cuales no se sabe) y un triunfo de Felipe Calderón podría significar que EEUU consiga su anhelado vocero. Así, el mapa regional se vuelve a plagar de incertezas, y Latinoamérica debe nuevamente preguntarse sobre su futuro. Tiempo al tiempo.


Julio, para Caras y Caretas

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