Tiempos de Paz
El fin de semana en el que Evo Morales se paseó por todas las cadenas del mundo, La Paz fue adrenalina, empujones, rateros, viajeros progresistas en busca de la gran anécdota, minibuses más atolondrados que nunca y mucho, mucho olor a transpiración. Como ajenos, dos periodistas argentinos se metieren de lleno en la idiosincrasia del lugar para Gatopardo. Aquí su relato.
Tiempos de Paz
Viernes 20 de Enero de 2006. De noche. La Paz dormía escondida entre los cerros que la constituyen y la retienen; humilde, decidió fundirse, una vez más, en su naturaleza. Sus casas convertidas ya en pequeñas luces, se confundían con las estrellas hasta quebrar el horizonte. Su sueño, sin embargo, estaba entrecortado. Sabía que sería escenario de un proceso histórico. Al fin, decidió terminar con la espera, y horas antes del amanecer, levantó a su gente y enfrentó su destino: el final de la larga noche de los 500 años. Aun sin la luz del día, esa olla comenzaba a hervir de olores, de palabras revolucionadas, de ansias de justicia, de reafirmación y de esperanza. Las calles comenzaban a poblarse y las miradas apuntaban todas hacia un mismo sitio, las ruinas del antiguo imperio Tiwanacota donde Evo Morales pediría permiso ante los pueblos originarios, sus dioses y el mundo, para conducir a la Nación.
Cada plaza y cada esquina, a toda hora, fueron espontáneos puntos de encuentro y de partida. El clima era vertiginoso y alocado. Entre rumores superpuestos, incertezas, falsas especulaciones y precios de pasajes que llegaban a triplicar su valor original, se encolumnaban tras una enorme caravana todo tipo de medios de transporte. Se iniciaba así la larga marcha de los 70 kilómetros. Al llegar, la multitud se encontró con Bolivia y con el mundo. El traslado de todo el país hacia la ciudad más antigua del continente expresaba el sismo cultural que implica la asunción del primer presidente indígena de Bolivia.
Llovía poco, sólo una molesta garúa. Pero poco inquietaba. Algunos precavidos cubrían sus sombreros con bolsas de plástico y otros previsores salían a la venta de pilotos por un peso boliviano (1/8 de dólar). La ansiedad superaba la amenaza de un cielo ennegrecido y temblorosos truenos. La concentración de gente aumentaba junto a los numerosos ritmos musicales y bailes típicos. Tras años de opresión, marginalidad, e incluso aniquilamiento, el indígena y su tradición eran los protagonistas de la fiesta. Y como anfitrión amable, abrió las puertas a todo aquel que creyera en un proyecto latinoamericano inclusivo. Las fronteras raciales, nacionales, ideológicas y culturales, quedaron arrasadas por la sensación de cambio, por el deseo de unidad desde lo múltiple.
De pronto, el silencio. La dispersión y el desorden se canalizaron hacia un único punto. Arriba, sobre el cerro, Evo (aquí nadie lo llama por su apellido) mostró sus orígenes. Abandonó su chaleco y se vistió de símbolos y costumbres: el “chuku", una gorra cuadrada con cuatro puntas en representación del Tawantinsuyu, el “plataunku", la túnica cuadrada tejida en alpaca color morado con la simbología andina y amazónica y un báculo elaborado en basalto negro y oro. Custodiado por una columna de Jilakatas y Mama T´allas, el presidente electo bajó a la puerta del sol, y repentinamente cesó la lluvia.
“Hoy empieza una nueva era para los pueblos originarios del mundo, una nueva vida en la que buscamos igualdad y justicia, un nuevo milenio”, afirmó conmovido frente a las cámaras, todos los presentes y los más de mil periodistas de todo el mundo. Entre “jallallas” (viva) a los próceres aymaras Bartolina Sisa y Tupac Katari, e improperios a los yanquis, la euforia renovada volvía a casa. Pero volvía distinta, esta vez no estaba llena de furia. Llegar a la Paz , aunque sorpresivo, es siempre lo mismo: el peaje, el Alto, las bocinas, las trancaderas, los gritos, los minibuses, los aromas, el bosque y finalmente la ciudad vista desde arriba. Pero por esos días la cosa era distinta. Desde la ventanilla del micro, las mismas imágenes tenían otro significado, todo estaba cambiando de color, de música y de actitud. Esa no era La Paz de hace tres años, pero ¿cuál era?, ¿estaba pariendo una nueva época, un nuevo cambio de sol?, ¿qué rol tendría ahí el indígena? ¿y la hoja de coca?. Capitalismo, pobreza, socialismo... ¿era este un cambio revolucionario?
Algunas respuestas
“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”, denuncia una placa en el corazón de la Plaza Murillo, frente al Congreso y al Palacio Quemado. Esta conciencia que mostraron los criollos en los años de la independencia, hoy puede ser parte de una nueva historia; la “Refundación de Bolivia”. Según el director del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), Emir Sader, “después de dos décadas de promesas neoliberales, en Bolivia se triplicó el desempleo. Desde que se aplicaron los planes de estabilización monetaria, la mortalidad infantil creció hasta alcanzar una 60 por mil cuando el promedio en América es de 28 por mil”. Pero eso no es todo, la pobreza supera el 60 % y el índice de analfabetismo es del 22%.
Por todo esto y por el 62% de población indígena que tiene según el Banco Mundial, este país y esta ciudad, guste o no, late a su propio ritmo. La tensión se siente en cada rincón y en cada palabra, es que para la mayoría su lengua materna no fue el castellano, sino el aymara, el quechua o el guaraní. Es que aquí, no hay ningún McDonald´s y la campaña de marketing de la muy occidental minifalda no ha surtido efecto. En Bolivia la lucha es siempre por los recursos naturales, por la tierra, por la pacha.
El cálculo racional recomendado para el buen funcionamiento del mercado acá no anda. La venta en negro - informal, callejera, sin ningún tipo de boleta ni impuesto -, el regateo, y los cambios constantes de precios, hacen que cualquier pequeño inversor no tenga una tarea fácil. Aquí anidan la incertidumbre, lo imprevisible y una supuesta irracionalidad que convierten a Bolivia en un capitalismo distinto, quizás mucho más mortal.
Muchos perciben esta miseria como más digna, incluso hay quienes afirman que “no es pobreza sino tradición”. Pero si bien es cierto que la opción por lo precario, la simpleza y una higiene distinta no se corresponde directamente con la falta, no dejan de impactar la cantidad de ancianos que sobre las veredas, desahuciados, apenas pueden moverse para inclinarse sobre uno y balbucear una súplica, para pedir un pedazo de pan o una moneda.
O los niños que ruegan lustrar cualquier tipo de calzado por 50 centavos bolivianos (0.06 centavos de dólar). Marco Aurelio es uno de ellos. Cubierto por un pasamontañas que apenas deja entrever sus ojos negros, este joven de 18 años no reconoce lo impactante de su atuendo. Se sorprendía de nuestra sorpresa, ¿acaso no hay lustrabotas en Argentina?, preguntó. Tan naturalizado está su ocultamiento, como el mal que le produce a sus pulmones la pasta con la que trabaja.
La desigualdad, no podía ser de otra manera, es asombrosa. La ciudad se separa, como lo hace el mundo, entre norte y sur, arriba y abajo. Pero, de nuevo una paradoja, acá es al revés. Para los paceños la consigna debería ser “el norte también existe”; allí es donde sobreviven las clases populares. Los ricos eligen para su tranquilidad las zonas más inundables, y eso es mucho decir en una ciudad en donde el desnivel es de más de mil metros. Como recompensa, sus habitantes gozan diariamente del silencio de sus calles donde sólo circulan 4x4 con vidrios polarizados. Las casas ya no son de adobe; por el contrario, son los grandes edificios vidriados y de más de 20 pisos junto a las sofisticadas casonas lo distintivo del lugar. La estética también es otra. Cada noche, perfumados, los vecinos se reúnen para verse y mostrarse en los boliches bailables y los restaurantes de moda.
Miguel es ingeniero. Se preocupó en aclararnos que no es racista, y se justificaba satisfecho: “Tengo una chola que limpia mi casa hace más de 20 años”. Sin embargo, estaba indignado con la idea de que “un trompetista y un trotskista” lo dirijan. Su temor no es alocado, en San Miguel –un barrio más parecido a Beverly Hills que al altiplano boliviano– las pintadas no son nada amistosas: “Próxima propiedad social. Somos MAS”, anuncian.
Dante vive en Sopocachi, otro de los barrios de este exclusivo sur. Es rubio y de ojos celestes, pero petiso y medio panzón. “No me gustan los cholos que no son campesinos ni urbanos. Arruinan la ciudad con su ignorancia y su negligencia”, nos contó. Miramos alrededor y cholos eran todos: “¿A quién te referís?”. Señaló un minibús, dos eran los acusados. El conductor, que irreverente y a los bocinazos, zigzagueaba por las calles; y el niño colgado de la puerta que repetía por enésima vez los ininteligibles destinos del colectivo. En fin, podría haber sido cualquiera.
Por ejemplo, alguna de las cholas que hacen de cada vereda su comedor, inundando así de olores a la ciudad. Plato no hace falta, una bolsita de plástico conduce por las calles cualquier tipo de alimento: sopa, fideos, pollo a la broaster. Los años han dejado además, la inalterable enseñanza de suplir necesidades, y hoy los tenedores no reemplazan el mágico manejo de los dedos.
O una señora en cuclillas, pero con su espalda recta, de cuyo sombrero – eterno equilibrista – caían dos largas trenzas. Su pollera rozaba el piso, pero no tapaba los moños de sus zapatos. Tranquila, indiscreta, con su mejilla inflada por la coca, enfrentaba al micro que la toreaba. Ella defecaba en una alcantarilla y no le importaba que La Paz sufriera otro embotellamiento.
Es que esta ciudad es así de insólita; insólita e impactante. Imágenes como esta se suceden una tras otra y hacen de este lugar un eterno espectáculo. Es una anfitriona amable que no se guarda sus escenas, y se divierte jugando con lo absurdo y la locura hasta la desesperación. El frío, la altura (3640 msnm) y la lluvia permanente son el único contexto posible para tantas mejillas infladas por la coca, las gargantas sedientas de alcohol puro y las enaguas de las polleras que, aún bajo halos de suciedad y fuertes aromas, hacen de las cholitas princesas coquetas y culonas.
En el siglo XVI la invasión indígena se evitaba con el aislamiento. Según aseguran los guías turísticos a los curiosos, el río Choqueyapu –que actualmente duerme bajo la avenida principal: el Prado– dividía la ciudad en dos y la única unión era un puente con paso restringido. El paso del tiempo, una revolución e inmigraciones de por medio, hicieron que indígenas y blancos se miraran a la cara. Esto no logró, sin embargo, romper con el racismo, la marginalidad y la opresión.
La Paz eufórica
Ese domingo fue la asunción formal de Morales en el Congreso. El 53,7% de los votos (el triunfo electoral más resonante de los últimos treinta años), había dado una legitimidad inédita y abría paso a una “nueva historia” en la que esa irreversible ingobernabilidad que tumbó dos presidentes en tres años (Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003 y Carlos Mesa en 2005) podía ser superada. Con esta nueva hegemonía, pasado y presente se sentaban en la misma mesa, y el rechazo a los años de colonialismo tenía su traducción política en los modelos neoliberales actuales. El centro de la ciudad, cubierto de Wilpalas y banderas bolivianas, recibió nuevamente a la multitud.
El discurso que Evo daría en el Congreso era una prueba de fuego. Un desafío para quienes desconfiaban de los rituales institucionales y los riesgos de la diplomacia. Pero Evo no decepcionó. Y los temerosos respondieron con aplausos cada declaración cargada de humor, valentía y pulsión. El espectáculo excedía los límites del escenario, era más grande que Chávez, Lula, Kirchner e incluso que la imagen del entusiasmado novato desde el balcón presidencial. Todo era adrenalina, empujones, rateros, viajeros progresistas en busca de la gran anécdota, minibuses más atolondrados que nunca y mucho, mucho olor a transpiración. No importaban las vallas en la Plaza Murillo. A tan sólo unos metros, en la histórica Plaza de los Héroes, la gente sabía que tendría un discurso propio.
Cuando ya se creía repleta, una nueva columna, esta vez de mineros, se hizo presente. Ya lo habían hecho horas atrás los cocaleros del Chapare y algún que otro rebelde “Camba” santacruceño. Así, las polleras y los cascos, el oriente y el altiplano volvieron a quererse. “En Bolivia y en América, liberarnos para siempre”, dijo sin eufemismos un Evo contundente, y las decenas de miles de personas - apretujadas pero contentas - decidieron abandonar la prudencia. Después de las fuertes consignas, promesas y denuncias, decidió jugar con el público con humoradas ácidas, preguntas, respuestas y adivinanzas. Sin dejar de recordar con honesto cariño a Fidel Castro y Hugo Chávez, llamó al primero “abuelo sabio” y convocó con el grito de la gente al segundo.
Prevenir y no cur(r)ar
La embajada norteamericana en Bolivia es la segunda más grande de América Latina después de la colombiana. Vaya paradoja, esa no es hoy la principal fuente de control. Emborrachada en los festejos, una pancarta amarilla disfrazada de señal de tránsito, recordaba: “Prohibido girar a la derecha, estamos vigilando”. Así, el pueblo hizo carne una consigna que el mismo Evo arrojó en Tiwanaku el día anterior: “Con mucho respeto los invito a controlarme; si no puedo avanzar, empújenme ustedes hermanos y hermanas; (los invito) a corregirme permanentemente”.
Tan sólo una letra separa dos posibles destinos: “Yo lo voté, pero si no cumple, lo botamos”, murmuran las calles. En el sentir popular, las fidelidades no son eternas. Años de traiciones hicieron de Bolivia una nación atenta. Sucede que está en juego mucho más que una gestión. Pachakutic en quechua es la palabra que representa para la cosmovisión andina un giro en la tierra, y por estos días, a 500 años del inicio del mundo al revés (Pachakamac), está comenzando, aseguran, confían, desean, una nueva era.
5 - 03 - 06 Para, en teoria, la Revista colombiana Gatopardo
Tiempos de Paz
Viernes 20 de Enero de 2006. De noche. La Paz dormía escondida entre los cerros que la constituyen y la retienen; humilde, decidió fundirse, una vez más, en su naturaleza. Sus casas convertidas ya en pequeñas luces, se confundían con las estrellas hasta quebrar el horizonte. Su sueño, sin embargo, estaba entrecortado. Sabía que sería escenario de un proceso histórico. Al fin, decidió terminar con la espera, y horas antes del amanecer, levantó a su gente y enfrentó su destino: el final de la larga noche de los 500 años. Aun sin la luz del día, esa olla comenzaba a hervir de olores, de palabras revolucionadas, de ansias de justicia, de reafirmación y de esperanza. Las calles comenzaban a poblarse y las miradas apuntaban todas hacia un mismo sitio, las ruinas del antiguo imperio Tiwanacota donde Evo Morales pediría permiso ante los pueblos originarios, sus dioses y el mundo, para conducir a la Nación.
Cada plaza y cada esquina, a toda hora, fueron espontáneos puntos de encuentro y de partida. El clima era vertiginoso y alocado. Entre rumores superpuestos, incertezas, falsas especulaciones y precios de pasajes que llegaban a triplicar su valor original, se encolumnaban tras una enorme caravana todo tipo de medios de transporte. Se iniciaba así la larga marcha de los 70 kilómetros. Al llegar, la multitud se encontró con Bolivia y con el mundo. El traslado de todo el país hacia la ciudad más antigua del continente expresaba el sismo cultural que implica la asunción del primer presidente indígena de Bolivia.
Llovía poco, sólo una molesta garúa. Pero poco inquietaba. Algunos precavidos cubrían sus sombreros con bolsas de plástico y otros previsores salían a la venta de pilotos por un peso boliviano (1/8 de dólar). La ansiedad superaba la amenaza de un cielo ennegrecido y temblorosos truenos. La concentración de gente aumentaba junto a los numerosos ritmos musicales y bailes típicos. Tras años de opresión, marginalidad, e incluso aniquilamiento, el indígena y su tradición eran los protagonistas de la fiesta. Y como anfitrión amable, abrió las puertas a todo aquel que creyera en un proyecto latinoamericano inclusivo. Las fronteras raciales, nacionales, ideológicas y culturales, quedaron arrasadas por la sensación de cambio, por el deseo de unidad desde lo múltiple.
De pronto, el silencio. La dispersión y el desorden se canalizaron hacia un único punto. Arriba, sobre el cerro, Evo (aquí nadie lo llama por su apellido) mostró sus orígenes. Abandonó su chaleco y se vistió de símbolos y costumbres: el “chuku", una gorra cuadrada con cuatro puntas en representación del Tawantinsuyu, el “plataunku", la túnica cuadrada tejida en alpaca color morado con la simbología andina y amazónica y un báculo elaborado en basalto negro y oro. Custodiado por una columna de Jilakatas y Mama T´allas, el presidente electo bajó a la puerta del sol, y repentinamente cesó la lluvia.
“Hoy empieza una nueva era para los pueblos originarios del mundo, una nueva vida en la que buscamos igualdad y justicia, un nuevo milenio”, afirmó conmovido frente a las cámaras, todos los presentes y los más de mil periodistas de todo el mundo. Entre “jallallas” (viva) a los próceres aymaras Bartolina Sisa y Tupac Katari, e improperios a los yanquis, la euforia renovada volvía a casa. Pero volvía distinta, esta vez no estaba llena de furia. Llegar a la Paz , aunque sorpresivo, es siempre lo mismo: el peaje, el Alto, las bocinas, las trancaderas, los gritos, los minibuses, los aromas, el bosque y finalmente la ciudad vista desde arriba. Pero por esos días la cosa era distinta. Desde la ventanilla del micro, las mismas imágenes tenían otro significado, todo estaba cambiando de color, de música y de actitud. Esa no era La Paz de hace tres años, pero ¿cuál era?, ¿estaba pariendo una nueva época, un nuevo cambio de sol?, ¿qué rol tendría ahí el indígena? ¿y la hoja de coca?. Capitalismo, pobreza, socialismo... ¿era este un cambio revolucionario?
Algunas respuestas
“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”, denuncia una placa en el corazón de la Plaza Murillo, frente al Congreso y al Palacio Quemado. Esta conciencia que mostraron los criollos en los años de la independencia, hoy puede ser parte de una nueva historia; la “Refundación de Bolivia”. Según el director del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), Emir Sader, “después de dos décadas de promesas neoliberales, en Bolivia se triplicó el desempleo. Desde que se aplicaron los planes de estabilización monetaria, la mortalidad infantil creció hasta alcanzar una 60 por mil cuando el promedio en América es de 28 por mil”. Pero eso no es todo, la pobreza supera el 60 % y el índice de analfabetismo es del 22%.
Por todo esto y por el 62% de población indígena que tiene según el Banco Mundial, este país y esta ciudad, guste o no, late a su propio ritmo. La tensión se siente en cada rincón y en cada palabra, es que para la mayoría su lengua materna no fue el castellano, sino el aymara, el quechua o el guaraní. Es que aquí, no hay ningún McDonald´s y la campaña de marketing de la muy occidental minifalda no ha surtido efecto. En Bolivia la lucha es siempre por los recursos naturales, por la tierra, por la pacha.
El cálculo racional recomendado para el buen funcionamiento del mercado acá no anda. La venta en negro - informal, callejera, sin ningún tipo de boleta ni impuesto -, el regateo, y los cambios constantes de precios, hacen que cualquier pequeño inversor no tenga una tarea fácil. Aquí anidan la incertidumbre, lo imprevisible y una supuesta irracionalidad que convierten a Bolivia en un capitalismo distinto, quizás mucho más mortal.
Muchos perciben esta miseria como más digna, incluso hay quienes afirman que “no es pobreza sino tradición”. Pero si bien es cierto que la opción por lo precario, la simpleza y una higiene distinta no se corresponde directamente con la falta, no dejan de impactar la cantidad de ancianos que sobre las veredas, desahuciados, apenas pueden moverse para inclinarse sobre uno y balbucear una súplica, para pedir un pedazo de pan o una moneda.
O los niños que ruegan lustrar cualquier tipo de calzado por 50 centavos bolivianos (0.06 centavos de dólar). Marco Aurelio es uno de ellos. Cubierto por un pasamontañas que apenas deja entrever sus ojos negros, este joven de 18 años no reconoce lo impactante de su atuendo. Se sorprendía de nuestra sorpresa, ¿acaso no hay lustrabotas en Argentina?, preguntó. Tan naturalizado está su ocultamiento, como el mal que le produce a sus pulmones la pasta con la que trabaja.
La desigualdad, no podía ser de otra manera, es asombrosa. La ciudad se separa, como lo hace el mundo, entre norte y sur, arriba y abajo. Pero, de nuevo una paradoja, acá es al revés. Para los paceños la consigna debería ser “el norte también existe”; allí es donde sobreviven las clases populares. Los ricos eligen para su tranquilidad las zonas más inundables, y eso es mucho decir en una ciudad en donde el desnivel es de más de mil metros. Como recompensa, sus habitantes gozan diariamente del silencio de sus calles donde sólo circulan 4x4 con vidrios polarizados. Las casas ya no son de adobe; por el contrario, son los grandes edificios vidriados y de más de 20 pisos junto a las sofisticadas casonas lo distintivo del lugar. La estética también es otra. Cada noche, perfumados, los vecinos se reúnen para verse y mostrarse en los boliches bailables y los restaurantes de moda.
Miguel es ingeniero. Se preocupó en aclararnos que no es racista, y se justificaba satisfecho: “Tengo una chola que limpia mi casa hace más de 20 años”. Sin embargo, estaba indignado con la idea de que “un trompetista y un trotskista” lo dirijan. Su temor no es alocado, en San Miguel –un barrio más parecido a Beverly Hills que al altiplano boliviano– las pintadas no son nada amistosas: “Próxima propiedad social. Somos MAS”, anuncian.
Dante vive en Sopocachi, otro de los barrios de este exclusivo sur. Es rubio y de ojos celestes, pero petiso y medio panzón. “No me gustan los cholos que no son campesinos ni urbanos. Arruinan la ciudad con su ignorancia y su negligencia”, nos contó. Miramos alrededor y cholos eran todos: “¿A quién te referís?”. Señaló un minibús, dos eran los acusados. El conductor, que irreverente y a los bocinazos, zigzagueaba por las calles; y el niño colgado de la puerta que repetía por enésima vez los ininteligibles destinos del colectivo. En fin, podría haber sido cualquiera.
Por ejemplo, alguna de las cholas que hacen de cada vereda su comedor, inundando así de olores a la ciudad. Plato no hace falta, una bolsita de plástico conduce por las calles cualquier tipo de alimento: sopa, fideos, pollo a la broaster. Los años han dejado además, la inalterable enseñanza de suplir necesidades, y hoy los tenedores no reemplazan el mágico manejo de los dedos.
O una señora en cuclillas, pero con su espalda recta, de cuyo sombrero – eterno equilibrista – caían dos largas trenzas. Su pollera rozaba el piso, pero no tapaba los moños de sus zapatos. Tranquila, indiscreta, con su mejilla inflada por la coca, enfrentaba al micro que la toreaba. Ella defecaba en una alcantarilla y no le importaba que La Paz sufriera otro embotellamiento.
Es que esta ciudad es así de insólita; insólita e impactante. Imágenes como esta se suceden una tras otra y hacen de este lugar un eterno espectáculo. Es una anfitriona amable que no se guarda sus escenas, y se divierte jugando con lo absurdo y la locura hasta la desesperación. El frío, la altura (3640 msnm) y la lluvia permanente son el único contexto posible para tantas mejillas infladas por la coca, las gargantas sedientas de alcohol puro y las enaguas de las polleras que, aún bajo halos de suciedad y fuertes aromas, hacen de las cholitas princesas coquetas y culonas.
En el siglo XVI la invasión indígena se evitaba con el aislamiento. Según aseguran los guías turísticos a los curiosos, el río Choqueyapu –que actualmente duerme bajo la avenida principal: el Prado– dividía la ciudad en dos y la única unión era un puente con paso restringido. El paso del tiempo, una revolución e inmigraciones de por medio, hicieron que indígenas y blancos se miraran a la cara. Esto no logró, sin embargo, romper con el racismo, la marginalidad y la opresión.
La Paz eufórica
Ese domingo fue la asunción formal de Morales en el Congreso. El 53,7% de los votos (el triunfo electoral más resonante de los últimos treinta años), había dado una legitimidad inédita y abría paso a una “nueva historia” en la que esa irreversible ingobernabilidad que tumbó dos presidentes en tres años (Gonzalo Sánchez de Lozada en 2003 y Carlos Mesa en 2005) podía ser superada. Con esta nueva hegemonía, pasado y presente se sentaban en la misma mesa, y el rechazo a los años de colonialismo tenía su traducción política en los modelos neoliberales actuales. El centro de la ciudad, cubierto de Wilpalas y banderas bolivianas, recibió nuevamente a la multitud.
El discurso que Evo daría en el Congreso era una prueba de fuego. Un desafío para quienes desconfiaban de los rituales institucionales y los riesgos de la diplomacia. Pero Evo no decepcionó. Y los temerosos respondieron con aplausos cada declaración cargada de humor, valentía y pulsión. El espectáculo excedía los límites del escenario, era más grande que Chávez, Lula, Kirchner e incluso que la imagen del entusiasmado novato desde el balcón presidencial. Todo era adrenalina, empujones, rateros, viajeros progresistas en busca de la gran anécdota, minibuses más atolondrados que nunca y mucho, mucho olor a transpiración. No importaban las vallas en la Plaza Murillo. A tan sólo unos metros, en la histórica Plaza de los Héroes, la gente sabía que tendría un discurso propio.
Cuando ya se creía repleta, una nueva columna, esta vez de mineros, se hizo presente. Ya lo habían hecho horas atrás los cocaleros del Chapare y algún que otro rebelde “Camba” santacruceño. Así, las polleras y los cascos, el oriente y el altiplano volvieron a quererse. “En Bolivia y en América, liberarnos para siempre”, dijo sin eufemismos un Evo contundente, y las decenas de miles de personas - apretujadas pero contentas - decidieron abandonar la prudencia. Después de las fuertes consignas, promesas y denuncias, decidió jugar con el público con humoradas ácidas, preguntas, respuestas y adivinanzas. Sin dejar de recordar con honesto cariño a Fidel Castro y Hugo Chávez, llamó al primero “abuelo sabio” y convocó con el grito de la gente al segundo.
Prevenir y no cur(r)ar
La embajada norteamericana en Bolivia es la segunda más grande de América Latina después de la colombiana. Vaya paradoja, esa no es hoy la principal fuente de control. Emborrachada en los festejos, una pancarta amarilla disfrazada de señal de tránsito, recordaba: “Prohibido girar a la derecha, estamos vigilando”. Así, el pueblo hizo carne una consigna que el mismo Evo arrojó en Tiwanaku el día anterior: “Con mucho respeto los invito a controlarme; si no puedo avanzar, empújenme ustedes hermanos y hermanas; (los invito) a corregirme permanentemente”.
Tan sólo una letra separa dos posibles destinos: “Yo lo voté, pero si no cumple, lo botamos”, murmuran las calles. En el sentir popular, las fidelidades no son eternas. Años de traiciones hicieron de Bolivia una nación atenta. Sucede que está en juego mucho más que una gestión. Pachakutic en quechua es la palabra que representa para la cosmovisión andina un giro en la tierra, y por estos días, a 500 años del inicio del mundo al revés (Pachakamac), está comenzando, aseguran, confían, desean, una nueva era.
5 - 03 - 06 Para, en teoria, la Revista colombiana Gatopardo

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