Dos países, dos mundos, una región
Resulta evidente, América Latina comenzó a escribir un nuevo capítulo en la historia. El nuevo bloque anti-neoliberal va tomando forma y color, aun con las contradicciones y las tensiones irresueltas propias de las particularidades nacionales. Nada mejor para comprender los diversos matices al interior del este frente, que haber presenciado en una misma semana los procesos históricos de sus polos más contrapuestos: la victoria de Michelle Bachelet en Chile y la asunción del indigenísta Evo Morales en Bolivia.
“En Chile vivimos un hecho histórico con otro signo, una mujer en la Jefatura del Estado”, señaló Ricardo Lagos en una conferencia de prensa al llegar a La Paz. Lo que sucede es que los grandes éxitos – a diferencia del resto de Latinoamérica – que este país tuvo con la aplicación del modelo neoliberal, lo llevan a la tentación de convertirse en la Israel del continente. Por ello, la insistencia del mandatario chileno en el arribo al poder de una mujer con las características de Bachelet – atea, soltera, con un pasado marcado por la represión pinochetista – demuestra un interés por acercarse al ala progresista de la región.
Lo cierto es que estos países, aunque con fuertes disidencias e inclusive con conflictos territoriales irresueltos, forman parte de una misma corriente que tiene como mandato, según escribió Carlos Gabetta, “consolidar y profundizar la democracia, acabar con las desigualdades y preservar los recursos nacionales”. Mientras que en Chile ni Augusto Pinochet se atrevió a privatizar el cobre, en Bolivia años de lucha y sangre de los movimientos sociales imponen la nacionalización del agua y de los hidrocarburos.
Rupturas y continuidades
Tal como lo había prometido, Evo Morales llenó el Congreso boliviano de tradición y cultura. Wilpalas y milenarias vestimentas se complementaban armoniosamente con los rituales institucionales propios de un cambio de mando. Frente a un público tan heterogéneo como la propia Bolivia, el nuevo presidente dio un discurso en el que sobraron la valentía, las pulsiones y el humor. Así fue como ante los ojos del mundo no tuvo reparos en despertar a un senador de la oposición cochabambina, como tampoco de reírse de los aplausos de los congresales derechistas del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y de Podemos. E incluso, no le tembló el pulso al responsabilizar al ex mandatario Jaime Paz Zamora, presente en el recinto, por haber llevado a Bolivia al “subcampeonato de la corrupción”.
Ese nivel de efervescencia política es para un país conservador, formal y correcto como Chile, un escenario impensable. Allí, los festejos fueron tenues y contenidos. Y, tan sólo unas horas después de los primeros anuncios oficiales, los hasta ese entonces candidatos rivales, se saludaron armoniosa y diplomáticamente.
Mientras en las calles de Santiago sólo algunos atrevidos insinuaban el nombre de Salvador Allende, el mismo Evo pidió antes de comenzar su discurso en el Congreso un minuto de silencio por el Che Guevara, Tupac Katari y Bartolina Sisa, entre otros tantos “mártires de la liberación”.
Significativo fue también el rol que cada uno entendió le dio la historia. En tanto que Bachelet señaló reiteradamente y con entusiasmo ser la futura presidenta de “todos los chilenos”, el primer Jefe de Estado indígena de América fue contundente: “En el mundo gobiernan los ricos o gobernamos los pobres”, dijo ante los movimientos sociales de la región en la ritual ciudad de Tiwanaku.
Lo malo de lo bueno
De fondo están las reglas y dos sociedades con idiosincrasias y culturas (políticas) distintas. Luego de 16 años de gobierno de la Concertación en Chile, esta se jacta de haber alcanzado los mayores niveles de institucionalidad del subcontinente. Parábola nefasta, son sus propios éxitos los que atan sus manos y amordazan sus discursos.
Refundar Bolivia, en cambio, es el proyecto más prometedor para un país que hasta hace muy poco estuvo marcado por lo impredecible, la incerteza y una supuesta irracionalidad; todos los grandes males del capitalismo moderno. Con la asunción de Evo se abre paso a una “nueva historia” en la que esa irreversible ingobernabilidad puede ser superada. Donde el rechazo a los años de colonialismo tienen traducción política en la crítica a los modelos neoliberales actuales.
La diferencia entre una institucionalidad heredada y casi natural y otra que está por construirse se manifiesta de mil maneras. Una, explicita, son las banderas. Sin grandes proyectos ni cambios por delante, en Chile lo único por levantar era el pulcro nombre de la candidata. En Bolivia se hablaba de contenidos. Una pancarta en la Plaza San Francisco advertía: “Prohibido girar a la derecha. Estamos vigilando”.
En enero hablaron Chile y Bolivia. El olor de sus calles, los climas y las conversaciones ocasionales son el argumento de la tesis inicial: con avances y retrocesos, sin correcciones teóricas pero con el optimismo de la voluntad a flor de piel, América Latina se está poniendo de pie. En este marco, Eduardo Galeano desde La Paz procuró serenidad y aconsejó: “No hay que confundir la unidad con la unanimidad y a la contradicción no hay que tenerle miedo, como lo hacen muchos marxistas que olvidaron que ese el motor de la historia”.
25 - 02 - 06 Para la Revista Caras y Caretas
“En Chile vivimos un hecho histórico con otro signo, una mujer en la Jefatura del Estado”, señaló Ricardo Lagos en una conferencia de prensa al llegar a La Paz. Lo que sucede es que los grandes éxitos – a diferencia del resto de Latinoamérica – que este país tuvo con la aplicación del modelo neoliberal, lo llevan a la tentación de convertirse en la Israel del continente. Por ello, la insistencia del mandatario chileno en el arribo al poder de una mujer con las características de Bachelet – atea, soltera, con un pasado marcado por la represión pinochetista – demuestra un interés por acercarse al ala progresista de la región.
Lo cierto es que estos países, aunque con fuertes disidencias e inclusive con conflictos territoriales irresueltos, forman parte de una misma corriente que tiene como mandato, según escribió Carlos Gabetta, “consolidar y profundizar la democracia, acabar con las desigualdades y preservar los recursos nacionales”. Mientras que en Chile ni Augusto Pinochet se atrevió a privatizar el cobre, en Bolivia años de lucha y sangre de los movimientos sociales imponen la nacionalización del agua y de los hidrocarburos.
Rupturas y continuidades
Tal como lo había prometido, Evo Morales llenó el Congreso boliviano de tradición y cultura. Wilpalas y milenarias vestimentas se complementaban armoniosamente con los rituales institucionales propios de un cambio de mando. Frente a un público tan heterogéneo como la propia Bolivia, el nuevo presidente dio un discurso en el que sobraron la valentía, las pulsiones y el humor. Así fue como ante los ojos del mundo no tuvo reparos en despertar a un senador de la oposición cochabambina, como tampoco de reírse de los aplausos de los congresales derechistas del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y de Podemos. E incluso, no le tembló el pulso al responsabilizar al ex mandatario Jaime Paz Zamora, presente en el recinto, por haber llevado a Bolivia al “subcampeonato de la corrupción”.
Ese nivel de efervescencia política es para un país conservador, formal y correcto como Chile, un escenario impensable. Allí, los festejos fueron tenues y contenidos. Y, tan sólo unas horas después de los primeros anuncios oficiales, los hasta ese entonces candidatos rivales, se saludaron armoniosa y diplomáticamente.
Mientras en las calles de Santiago sólo algunos atrevidos insinuaban el nombre de Salvador Allende, el mismo Evo pidió antes de comenzar su discurso en el Congreso un minuto de silencio por el Che Guevara, Tupac Katari y Bartolina Sisa, entre otros tantos “mártires de la liberación”.
Significativo fue también el rol que cada uno entendió le dio la historia. En tanto que Bachelet señaló reiteradamente y con entusiasmo ser la futura presidenta de “todos los chilenos”, el primer Jefe de Estado indígena de América fue contundente: “En el mundo gobiernan los ricos o gobernamos los pobres”, dijo ante los movimientos sociales de la región en la ritual ciudad de Tiwanaku.
Lo malo de lo bueno
De fondo están las reglas y dos sociedades con idiosincrasias y culturas (políticas) distintas. Luego de 16 años de gobierno de la Concertación en Chile, esta se jacta de haber alcanzado los mayores niveles de institucionalidad del subcontinente. Parábola nefasta, son sus propios éxitos los que atan sus manos y amordazan sus discursos.
Refundar Bolivia, en cambio, es el proyecto más prometedor para un país que hasta hace muy poco estuvo marcado por lo impredecible, la incerteza y una supuesta irracionalidad; todos los grandes males del capitalismo moderno. Con la asunción de Evo se abre paso a una “nueva historia” en la que esa irreversible ingobernabilidad puede ser superada. Donde el rechazo a los años de colonialismo tienen traducción política en la crítica a los modelos neoliberales actuales.
La diferencia entre una institucionalidad heredada y casi natural y otra que está por construirse se manifiesta de mil maneras. Una, explicita, son las banderas. Sin grandes proyectos ni cambios por delante, en Chile lo único por levantar era el pulcro nombre de la candidata. En Bolivia se hablaba de contenidos. Una pancarta en la Plaza San Francisco advertía: “Prohibido girar a la derecha. Estamos vigilando”.
En enero hablaron Chile y Bolivia. El olor de sus calles, los climas y las conversaciones ocasionales son el argumento de la tesis inicial: con avances y retrocesos, sin correcciones teóricas pero con el optimismo de la voluntad a flor de piel, América Latina se está poniendo de pie. En este marco, Eduardo Galeano desde La Paz procuró serenidad y aconsejó: “No hay que confundir la unidad con la unanimidad y a la contradicción no hay que tenerle miedo, como lo hacen muchos marxistas que olvidaron que ese el motor de la historia”.
25 - 02 - 06 Para la Revista Caras y Caretas

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