Bolivia, la dignidad rebelde
Este 22 de enero, la asunción de Evo Morales dejó en evidencia la fuerza de un nuevo poder hegemónico en un país tan heterogéneo e indescifrable como Bolivia. Dejo una huella en el acercamiento de dos mundos por mucho tiempo distanciados: el occidental y el de las culturas milenarias. Sucede que con la llegada al poder de un indígena, las distancias entre ambos se acortan para que por primera vez las tradiciones se entiendan y la fiesta sea una para todos.
Ahora, en el Parlamento, sobrevuelan juntos el español y el aymara. El primero, porque ellos quieren que el mundo los entienda, el segundo, porque es la forma de que nosotros empecemos a comprenderlos.
Es que a partir de este momento, el indígena puede abrir la puerta de una intimidad adoptada a la fuerza por tantos abusos y maltratos. El ritual del Tiwanaku del sábado 21, donde Evo asumió la responsabilidad de gobernante ante los pueblos originarios, sus dioses y el mundo, mostró como el dulce sonido de la quena puede ser emotivo para un grupo diverso de personas que cree y confía en un proyecto latinoamericano colectivo. Las sonrisas, los aplausos, la música, el baile – incluso algunas lágrimas – se unían en un todo y superaban fronteras raciales, culturales y nacionales.
Evo Morales presidente es por eso para muchos sinónimo de esperanza, de victoria y de posibilidad. Implica para el pasado el orgullo de una identidad propia y de la resistencia. Para el presente la unidad desde lo múltiple.
Tiwanaku: El momento de los pueblos
Una multitud esperaba ansiosa, aun bajo una leve llovizna y un cielo amenazante. Las ruinas del antiguo imperio Tiwanakota serian escenario de un hecho histórico: el primer presidente indígena de América pediría permiso para conducir la nación.
Cesaron inesperadamente los constantes “jallallas” (viva) a Bartolina Sisa y Tupac Katari, ante la primera imagen, desde lo alto, del presidente electo custodiado por una columna de Jilakatas y Mama T´allas. Su vestimenta daba cuenta del inicio de la ceremonia.
“Hoy empieza una nueva era para los pueblos originarios del mundo, una nueva vida en la que buscamos igualdad y justicia, un nuevo milenio”, comenzó afirmando un Evo distinto para todos aquellos que acostumbramos verlo con chaleco.
Conmovido, eufórico, comparó la mítica ciudad con la plaza de la Revolución en Cuba, y agregó: “Hermanos y Hermanas, de la resistencia a la toma del poder. Debemos avanzar para liberar a nuestra Bolivia y a nuestra América”. Bastó esa frase para que el respetuoso silencio se quebrara en un grito de rebeldía, enmarcado por banderas rojas y Wilpalas flameando al unísono.
El Congreso del festejo
“Con mucho respeto los invito a controlarme; si no puedo avanzar empújenme ustedes, hermanos y hermanas; (los invito) a corregirme permanentemente”, había dicho Evo en Tiwanaku y el pueblo respondió. Ese domingo, desde temprano una multitud bajó a las plazas Murillo y San Francisco para escuchar a su líder, quien terminó su discurso citando al subcomandante Marcos: “Mandaré obedeciendo”, prometió.
Si alguna vez existió temor de que claudicara en medio de las formalidades, quedó probado, al menos por ahora, que se trata de un miedo infundado. Tanto el que dio el discurso oficial en el Congreso, como el de la Plaza San Francisco fue el mismo Evo, ese que con un humor ácido, consignas claras y una fortaleza conmovedora, avanza con la convicción de quien reconoce el parto de una nueva era.
El mundo, desde La Paz y desde las grandes cadenas de televisión, miraba a Bolivia; y Bolivia no decepcionó. Su pueblo, humilde y consciente, bailó bajo la lluvia hasta el amanecer. Empezaba, lo sabían, una época de grandes proezas y compromisos. Latinoamérica, por suerte, tiene razones para festejar.
Ahora, en el Parlamento, sobrevuelan juntos el español y el aymara. El primero, porque ellos quieren que el mundo los entienda, el segundo, porque es la forma de que nosotros empecemos a comprenderlos.
Es que a partir de este momento, el indígena puede abrir la puerta de una intimidad adoptada a la fuerza por tantos abusos y maltratos. El ritual del Tiwanaku del sábado 21, donde Evo asumió la responsabilidad de gobernante ante los pueblos originarios, sus dioses y el mundo, mostró como el dulce sonido de la quena puede ser emotivo para un grupo diverso de personas que cree y confía en un proyecto latinoamericano colectivo. Las sonrisas, los aplausos, la música, el baile – incluso algunas lágrimas – se unían en un todo y superaban fronteras raciales, culturales y nacionales.
Evo Morales presidente es por eso para muchos sinónimo de esperanza, de victoria y de posibilidad. Implica para el pasado el orgullo de una identidad propia y de la resistencia. Para el presente la unidad desde lo múltiple.
Tiwanaku: El momento de los pueblos
Una multitud esperaba ansiosa, aun bajo una leve llovizna y un cielo amenazante. Las ruinas del antiguo imperio Tiwanakota serian escenario de un hecho histórico: el primer presidente indígena de América pediría permiso para conducir la nación.
Cesaron inesperadamente los constantes “jallallas” (viva) a Bartolina Sisa y Tupac Katari, ante la primera imagen, desde lo alto, del presidente electo custodiado por una columna de Jilakatas y Mama T´allas. Su vestimenta daba cuenta del inicio de la ceremonia.
“Hoy empieza una nueva era para los pueblos originarios del mundo, una nueva vida en la que buscamos igualdad y justicia, un nuevo milenio”, comenzó afirmando un Evo distinto para todos aquellos que acostumbramos verlo con chaleco.
Conmovido, eufórico, comparó la mítica ciudad con la plaza de la Revolución en Cuba, y agregó: “Hermanos y Hermanas, de la resistencia a la toma del poder. Debemos avanzar para liberar a nuestra Bolivia y a nuestra América”. Bastó esa frase para que el respetuoso silencio se quebrara en un grito de rebeldía, enmarcado por banderas rojas y Wilpalas flameando al unísono.
El Congreso del festejo
“Con mucho respeto los invito a controlarme; si no puedo avanzar empújenme ustedes, hermanos y hermanas; (los invito) a corregirme permanentemente”, había dicho Evo en Tiwanaku y el pueblo respondió. Ese domingo, desde temprano una multitud bajó a las plazas Murillo y San Francisco para escuchar a su líder, quien terminó su discurso citando al subcomandante Marcos: “Mandaré obedeciendo”, prometió.
Si alguna vez existió temor de que claudicara en medio de las formalidades, quedó probado, al menos por ahora, que se trata de un miedo infundado. Tanto el que dio el discurso oficial en el Congreso, como el de la Plaza San Francisco fue el mismo Evo, ese que con un humor ácido, consignas claras y una fortaleza conmovedora, avanza con la convicción de quien reconoce el parto de una nueva era.
El mundo, desde La Paz y desde las grandes cadenas de televisión, miraba a Bolivia; y Bolivia no decepcionó. Su pueblo, humilde y consciente, bailó bajo la lluvia hasta el amanecer. Empezaba, lo sabían, una época de grandes proezas y compromisos. Latinoamérica, por suerte, tiene razones para festejar.
24 - 1 - 06 Para la Revista Caras y Caretas

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