Saturday, April 15, 2006

La atolondrada Paz

Gatopardo nos pidió una crónica de La Paz y a eso nos abocamos. Pero le advertimos, querido lector, no pretenda orden, racionalidad ni lógica. Todo eso, justamente, es lo que un buen retrato de esta ciudad no debe tener. Buena suerte.



Se encontraba en cuclillas; su espalda se mantenía recta. De su sombrero –eterno equilibrista– caían dos coquetas y largas trenzas; su pollera –su falda– rozaba el piso, pero no tapaba los moños de sus zapatos. Tranquila, indiscreta, enfrentaba al micro que la toreaba y defecaba en una alcantarilla sin que le importara que por culpa de su sistema digestivo la ciudad sufriera otro embotellamiento.
La Paz es así de insólita; insólita e impactante. Imágenes como esta se suceden una tras otra y hacen de este lugar un eterno espectáculo. Es una anfitriona amable que no se guarda sus escenas, y se divierte jugando con lo absurdo y la locura hasta la desesperación.
Para los atentos llegar a La Paz es indicio de su rareza: el peaje, el Alto, las bocinas, las trancaderas, los gritos, los olores, el bosque y finalmente una impactante olla vista desde arriba. Por el día pretende pasar desapercibida intentando mimetizarse con los cerros que la constituyen y la retienen. Con sus calles ondulantes y estrechas, esta ciudad insiste en disfrazarse de pueblito, en mezclarse con su entorno logrando así que el asfalto no se imponga. En la noche y bajo la atenta vigilancia de su padre mayor, el nevado Illimani, sus casas convertidas en pequeñas luces se confunden con las estrellas hasta quebrar el horizonte. Esta simbiosis se explica no sólo por el respeto de sus habitantes hacia la naturaleza; se respira por estos pagos – a pesar del escaso oxigeno – una necesidad por ser parte de ella. La ecuación es simple: cultura y geografía acá son lo mismo; o al menos son indivisibles.
Y efectivamente lo son. El frío, la altura (3640 msnm) y la lluvia permanente son el único contexto posible para tantas mejillas infladas por la coca, las gargantas sedientas de alcohol puro y las enaguas de las polleras que, aún bajo halos de suciedad y fuertes aromas, hacen de las cholitas princesas coquetas y culonas.
Cualquier viajero sabe que el contacto con el Otro es siempre un descubrimiento imprevisible, en el que se pone en juego la capacidad de comprender la lógica de lo ajeno. Ya nos habían advertido, “esta ciudad no se entiende, se vive”; pero nosotros, por tercos, por tozudos, evadimos el consejo. Fracasamos. La única manera de aprender es dejarse llevar por las impresiones y simplemente aceptarlas.

Los hermanos Mamani


– Un almuerzo, por favor. Pero en vez de papa… ¿la carne puede venir con más arroz?
El mozo asintió y se fue. Convencidos del sano funcionamiento de la comunicación, nos dignamos a esperar el plato. Otra vez papa y arroz. Pensamos que habíamos roto un código, al parecer el menú era de una armonía inquebrantable. Sin embargo, la explicación era mucho más simple: “El cocinero no comprende”.
Con 62 por ciento de población indígena, según el Banco Mundial, este país y esta ciudad, guste o no, late a su propio ritmo. La tensión se siente en cada rincón y en cada palabra; para la mayoría su lengua materna no fue el castellano, sino el aymara, el quechua o el guaraní.
En el siglo XVI la invasión indígena se evitaba con el aislamiento. Según aseguran los guías turísticos a los curiosos, el río Choqueyapu –que actualmente duerme bajo la avenida principal: el Prado– dividía la ciudad en dos y la única unión era un puente con paso restringido. El paso del tiempo, una revolución e inmigraciones de por medio, hicieron que indígenas y blancos se miraran a la cara. Esto no logró, sin embargo, romper con el racismo, la marginalidad y la opresión.
“Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez”, denuncia una placa en el corazón de la Plaza Murillo, frente al Congreso y al Palacio Quemado. Esta conciencia que mostraron los criollos en los años de la independencia hoy puede ser parte de una nueva historia; la “refundación de Bolivia”.
Porque con el ascenso de Evo Morales está comenzando –según confían, según desean, según esperan– una nueva era. Pachakutic es la palabra en quechua que representa un giro en la tierra en la cosmovisión andina, un cambio de sol. Por estos días, 500 años después del inicio del mundo al revés (Pachakamac), las cosas están cambiando y hay euforia distinta. Ya no está llena de rabia.
Néstor Mamani, uno de los tantos Mamani, ya que este apellido es imperialista en la guía telefónica, nos explicaba de donde sale esta esperanza. “Evo es de nuestra raza”, aseguraba orgulloso mostrando su carnet de afiliado al Movimiento al Socialismo (MAS). Sobre su frente, sin embargo, se posaba una enorme estrella con la insignia Podemos; era un gorrito de la campaña de “Tuto” Quiroga, el empresario candidato a presidente por la derecha.
A algunos sin embargo este cambio de sol no les hace ninguna gracia. Dante vive en Sopocachi, uno de los barrios exclusivos de La Paz. Es rubio y de ojos celestes, pero petiso y medio panzón. “No me gustan los cholos que no son campesinos ni urbanos. Arruinan la ciudad con su ignorancia y su negligencia”, nos contó. Miramos alrededor y cholos eran todos: “¿A quién te referís?”. Señaló un minibús, dos eran los acusados. El conductor, que irreverente y a los bocinazos, zigzagueaba por las calles; y el niño colgado de la puerta que repetía por enésima vez los ininteligibles destinos del colectivo. En fin, podría haber sido cualquiera.
Por ejemplo, alguna de las cholas que hacen de cada vereda su comedor, inundando así de olores a la ciudad. Plato no hace falta, una bolsita de plástico conduce por las calles cualquier tipo de alimento: sopa, fideos, pollo a la broaster. Los años han dejado además, la inalterable enseñanza de suplir necesidades, y hoy los tenedores no reemplazan el mágico manejo de los dedos.

Este loco, loco capitalismo

En La Paz no hay ningún McDonald´s y la campaña de marketing de la minifalda no ha surtido efecto. El cálculo racional recomendado para el buen funcionamiento del mercado acá no anda. La venta en negro - informal, callejera, sin ningún tipo de boleta ni impuesto -, el regateo, y los cambios constantes de precios, hacen que cualquier pequeño inversor no tenga una tarea fácil. Aquí anidan la incertidumbre, lo imprevisible y una supuesta irracionalidad que convierten a Bolivia en un capitalismo distinto, quizás mucho más mortal.
Algunos datos: según dijo Emir Sader, director del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), a la revista argentina Caras y Caretas, “después de dos décadas de promesas neoliberales, en Bolivia se triplicó el desempleo. Desde que se aplicaron los planes de estabilización monetaria, la mortalidad infantil creció hasta alcanzar una 60 por mil cuando el promedio en América es de 28 por mil”. Pero eso no es todo, la pobreza supera 64 por ciento de la población total y el índice de analfabetismo es de 20 por ciento, según aseguran en el Instituto Nacional de Estadísticas (INE).
Muchos perciben esta miseria como más digna, incluso hay quienes afirman que “no es pobreza sino tradición”. Pero si bien es cierto que la opción por lo precario, la simpleza y una higiene distinta no se corresponde directamente con la falta, no dejan de impactar la cantidad de ancianos que sobre las veredas, desahuciados, apenas pueden moverse para inclinarse sobre uno y balbucear una súplica, para pedir un pedazo de pan o una moneda.
O los niños que ruegan lustrar cualquier tipo de calzado por 50 centavos bolivianos (o 0.06 centavos de dólar). Marco Aurelio es uno de ellos. Cubierto por un pasamontañas que apenas deja entrever sus ojos negros, este joven de 18 años no reconoce lo impactante de su atuendo. Se sorprendía de nuestra sorpresa, ¿acaso no hay lustrabotas en Argentina?, preguntó. Tan naturalizado está su ocultamiento, como el mal que le produce a sus pulmones la pasta con la que trabaja.
La desigualdad, no podía ser de otra manera, es asombrosa. La ciudad se separa, como lo hace el mundo, entre norte y sur, arriba y abajo. Pero, de nuevo una paradoja, acá es al revés. Para los paceños la consigna debería ser “el norte también existe”; allí es donde sobreviven las clases populares.
Otra vez a contramano, los ricos eligen para su tranquilidad las zonas más inundables, y eso es mucho decir en una ciudad en donde el desnivel es de más de mil metros. Como recompensa, sus habitantes gozan diariamente del silencio de sus calles donde sólo circulan 4x4 con vidrios polarizados. Las casas ya no son de adobe; por el contrario, son los grandes edificios vidriados y de más de 20 pisos junto a las sofisticadas casonas lo distintivo del lugar. La estética también es otra. Cada noche, perfumados y coquetos, los vecinos se reúnen para verse y mostrarse en los boliches bailables y los restaurantes de moda.
En este ostentoso y bajo sur viven Dante, David Greenlee –el amo y señor de la segunda embajada estadounidense más grande de América– y por estos días, también, Evo Morales. Resulta difícil describir la residencia presidencial. Fea, nos parece una buena forma. Para colmo, sin explicación ni lógica alguna, a su frente, la escultura de un ignoto chino, con su túnica y sus largos bigotes, aconseja en castellano y mandarín las artes del buen gobierno.
Miguel es ingeniero y se preocupó en aclararnos que no es racista, y se justificaba satisfecho: “Tengo una chola que limpia mi casa hace más de 20 años”. Sin embargo, estaba indignado con la idea de que “un trompetista y un trotskista” lo dirijan. Su temor no es alocado, en San Miguel –un barrio más parecido a Beverly Hills que al altiplano boliviano– las pintadas no son nada amistosas: “Próxima propiedad social. Somos MAS”, anuncian.

El final del laberinto

El domingo 22 de enero fue la asunción formal de Evo en el Congreso. A tan sólo unos metros, en la histórica Plaza de los Héroes, emborrachada por los festejos, una pancarta amarilla disfrazada de señal de tránsito recordaba: “Prohibido girar a la derecha, estamos vigilando”.
En el sentir popular, las fidelidades no son eternas. Años de traiciones hicieron de Bolivia una Nación atenta. Fernando no pasa de los 30 años. Como buen taxista, desconfía y habla mucho. “Yo lo voté, pero si no cumple, lo botamos”, confesaba. Tan sólo una letra separa dos posibles destinos. El futuro de este país y de esta ciudad, aún cuando en teoría existe una legitimidad inédita, es indescifrable.
En enero se inaugura el tradicional mercado de Alasita. Como en un cuento borgeano, sus pasillos son partes de un infinito laberinto de toldos descoloridos y desalineados. Muchedumbres como hormigas dando vueltas de manera interminable consumen a su paso todo lo que encuentran. Y encuentran, efectivamente, de todo: desde los tantos puestos de api de Oruro –una clásica bebida densa, púrpura y humeante– hasta un parque de diversiones, pasando por joyerías, florerías, bazares, puestos de ropa y cualquier tipo de comida. Pero esta feria, además de escupir en la cara del visitante la idiosincrasia local, se diferencia de todos los otros mercados por sus sueños. Pasaportes, pagos de hipoteca, casas, euros, diplomas, autos y televisores, todos en miniatura, se compran y venden como tarjetas navideñas a fin de año. El saber popular asegura que quemando las réplicas, el destino se encargará de dar materia a esas ilusiones.
Al entrar en Alasita (como en La Paz) uno se entera que el final será imprevisible. Y ahora, en tiempos en que todo cambia de forma, de música, de actitud es probable que se destape su destino para que, finalmente, este laberinto de ambiciones, deseos y esperanzas, se haga realidad.



10 - 03- 06 Para, en teoría, de vuelta, la Revista colombiana Gatopardo

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