“Las revoluciones no se repiten”
Un peculiar retorno ocurre en Nicaragua. El Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), ese heroico partido que supo ser guerrilla, conquistó Managua en 1979, movilizó Centroamérica e inquietó al duro de Ronald Reagan, volvió al poder con el liderazgo repetido de Daniel Ortega. Sin embargo, un sombrío pragmatismo aprendido en los 16 años de oposición y las tres elecciones presidenciales perdidas hacen que hoy, después de haber triunfado con el 38 por ciento de los votos, esta vuelta no sea la misma.
“En los ochenta se partió de una toma armada para terminar con la dictadura. Nuestro gobierno estaba marcado por el modelo leninista, el respaldo militar de la URSS y la confrontación permanente con los Estados Unidos. Había además una estructura política organizada en vistas de determinados principios y con una mística revolucionaria. En la actualidad no es posible reproducir aquel modelo, todas las circunstancias variaron; las revoluciones no se repiten. Hoy sólo existe un proyecto de poder personal de Ortega, su esposa y sus hijos. Y lo que era un partido si no único, hegemónico, con una estructura vertical, pero muy grande, ha quedado reducido al poder de una familia. Así, el partido, la cúpula y la estructura que llevó adelante la revolución es hoy una casa desierta. Ese es el cambio más dramático”, aseguraba Sergio Ramírez, integrante de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional luego del derrocamiento de Anastasio Somoza y vicepresidente electo de Ortega en 1984.
Las dudas en torno al perfil ideológico de este nuevo gobierno son muchas en este país en el que el 80 por ciento de la población subsiste con menos de dos dólares diarios. Por un lado, el recuerdo de la última revolución socialista en América Latina, los años de guerra y “la arraigada tradición antiimperialista” entremezclado con el slogan de campaña “en reconciliación somos paz y progreso”. Por el otro, medidas aparentemente incompatibles como el ingreso de Nicaragua a la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) y la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. ”La situación de Ortega sería más comprometida si no estuviera Chávez de por medio porque la esperanza de llevar a cabo programas sociales como Hambre cero, son cosas muy simples, pero muy difíciles en este país. Para cubrir de medicamentos los hospitales, pagar bien a los maestros, reparar las escuelas no hay dinero, y la llegada del Frente no crea mágicamente recursos para la agenda social. Entonces tiene que moverse en un espacio donde de un lado tiene la pared de Estados Unidos, y del otro lado la de Chávez, y no puede renunciar a ninguna. Tal vez el quisiera, estoy hablando de sentimientos no de realidades, estar con Chávez y que no haya TLC ni FMI. Es la nostalgia, pero eso no es posible”, analizaba Ramírez quien, desencantado de la “cultura verticalista” del actual FSLN, abandonó el partido en 1995 y fundó el Movimiento de Renovación Sandinista. Pero fracasó en las presidenciales de 1996 y desde entonces se retiró definitivamente de la vida política para volver a la intelectualidad. “Yo no diría que este gobierno es anticapitalista, y no lo digo con nostalgia ni con deseo de que lo sea porque creo que es un valor retórico ya que expropiar no está dentro de las perspectivas. Yo no quito que su deseo (el del FSLN) sea el de favorecer a las clases más desfavorecidas, pero la pureza de los ideales está deformada”.
Para Caras y Caretas, mayo 2007
“En los ochenta se partió de una toma armada para terminar con la dictadura. Nuestro gobierno estaba marcado por el modelo leninista, el respaldo militar de la URSS y la confrontación permanente con los Estados Unidos. Había además una estructura política organizada en vistas de determinados principios y con una mística revolucionaria. En la actualidad no es posible reproducir aquel modelo, todas las circunstancias variaron; las revoluciones no se repiten. Hoy sólo existe un proyecto de poder personal de Ortega, su esposa y sus hijos. Y lo que era un partido si no único, hegemónico, con una estructura vertical, pero muy grande, ha quedado reducido al poder de una familia. Así, el partido, la cúpula y la estructura que llevó adelante la revolución es hoy una casa desierta. Ese es el cambio más dramático”, aseguraba Sergio Ramírez, integrante de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional luego del derrocamiento de Anastasio Somoza y vicepresidente electo de Ortega en 1984.
Las dudas en torno al perfil ideológico de este nuevo gobierno son muchas en este país en el que el 80 por ciento de la población subsiste con menos de dos dólares diarios. Por un lado, el recuerdo de la última revolución socialista en América Latina, los años de guerra y “la arraigada tradición antiimperialista” entremezclado con el slogan de campaña “en reconciliación somos paz y progreso”. Por el otro, medidas aparentemente incompatibles como el ingreso de Nicaragua a la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) y la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. ”La situación de Ortega sería más comprometida si no estuviera Chávez de por medio porque la esperanza de llevar a cabo programas sociales como Hambre cero, son cosas muy simples, pero muy difíciles en este país. Para cubrir de medicamentos los hospitales, pagar bien a los maestros, reparar las escuelas no hay dinero, y la llegada del Frente no crea mágicamente recursos para la agenda social. Entonces tiene que moverse en un espacio donde de un lado tiene la pared de Estados Unidos, y del otro lado la de Chávez, y no puede renunciar a ninguna. Tal vez el quisiera, estoy hablando de sentimientos no de realidades, estar con Chávez y que no haya TLC ni FMI. Es la nostalgia, pero eso no es posible”, analizaba Ramírez quien, desencantado de la “cultura verticalista” del actual FSLN, abandonó el partido en 1995 y fundó el Movimiento de Renovación Sandinista. Pero fracasó en las presidenciales de 1996 y desde entonces se retiró definitivamente de la vida política para volver a la intelectualidad. “Yo no diría que este gobierno es anticapitalista, y no lo digo con nostalgia ni con deseo de que lo sea porque creo que es un valor retórico ya que expropiar no está dentro de las perspectivas. Yo no quito que su deseo (el del FSLN) sea el de favorecer a las clases más desfavorecidas, pero la pureza de los ideales está deformada”.
Para Caras y Caretas, mayo 2007

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